Así uso Twitter

El otro día hablaba con Emilio Pila de que es fascinante cómo Twitter (mi red social favorita) es algo tan relativamente nuevo que los usos sociales aún no se han adaptado a ello.

Para mí, Twitter es como charlar en un autobús: espontáneo, privado pero no mucho (la gente se puede meter en tu conversación o estar escuchándote sin que te des cuenta)… pero con la diferencia de que todo queda por escrito. Para siempre.

Cada uno nos hemos tenido que formar nuestra propia lista de normas de lo que queremos hacer y lo que no ahí. De modo que he decidido pararme a pensar las que me aplico yo y ponerlas por escrito. Seguramente haya incumplido algunas, pero son los principios generales por los que trato de guiarme.

  1. Mi bio: La biografía de mi perfil es lo que da contexto a mis tuits. “¿Quién ha dicho eso? Ha sido Fulanito, [lo que ponga en tu bio]”. Para mí, Twitter es una red estrictamente personal. Ahí comparto publicaciones sobre cosas que me gustan, programas que veo, gritos a nubes y opiniones políticas. La empresa en la que trabajo no tiene nada que ver con ello ni quiero que le salpique nada de lo que diga, así que no la menciono en mi bio. Creo que si mencionas a tu empresa tienes que atenerte a otras reglas. No se trata de mantenerlo en secreto: yo menciono con toda naturalidad a Webedia y los proyectos que hacemos, y no es difícil encontrar mi puesto de trabajo en LinkedIn. Simplemente creo que si me tengo que definir en una red social, no quiero arrastrar mi puesto de trabajo a ello.
  2. Mi avatar y nombre: Me gusta que el avatar sea una foto reconocible de mí mismo (al margen de épocas en las que pongo alguna caricatura), nada de fotos de grupo o fotos de espaldas o dibujos animados. Me gusta ver con quién hablo y supongo que a los demás también. Y el nombre que muestro es simplemente el mío y una bandera arcoiris. Como si llevase un pin.
  3. La gente que me sigue y la gente a la que sigo: Afortunadamente, Twitter es una red social asimétrica: puede seguir a gente sin que ellos te sigan a ti. Eso es maravilloso porque obviamente habrá gente que publique cosas interesantísimas pero a los que no le interese lo que yo digo. Y viceversa. Y no es malo. Yo sigo a gente a la que admiro y a veces, cuando me devuelven el follow, me entra una gran inseguridad por si les gustará lo que pongo. Nada dice tan claramente “no tengo criterio” como el “sígueme y te sigo”. Y desde luego, me parece que tener vigilados los unfollows es una manera de volverse loco o inseguro.
  4. El número de seguidores me preocupa poco. Aunque siempre es bueno para el ego, seríamos más felices si fuese un dato privado. Y no está relacionado con el interés de la persona. Algunos de los mejores tuiteros que conozco tienen menos de 500 seguidores, cuando en mi opinión deberían ser de seguimiento obligatorio.
  5. Al hilo de esto último: si alguien publica algo bueno, ayudo a difundirlo. Sea un artículo, un tuit, una información o un programa de radio. Si puedo aportar un granito de arena para que el buen contenido gane protagonismo, lo haré.
  6. Aportar algo: Creo que las redes sociales funcionan mejor si entramos con la mentalidad de “a ver qué puedo aportar” en vez de “a ver qué puedo obtener”. Por eso me gusta compartir lo que aprendo, los diseños que hago, las cintas VHS que digitalizo, los papeles curiosos que escaneo. En general, cosas que me gustaría encontrar a mí en Twitter.
  7. ¿RT = apoyo? Retuitear algo no significa que esté de acuerdo con ello. Puede ser simplemente “eh, mirad esto”. Pero es muy difícil de ver la diferencia. Ante la duda, mejor retuitear con comentario. Y si es un mensaje de odio, por muy indignante que sea, mejor no ayudar a viralizarlo. La extrema derecha se aprovecha de la indignación que genera lo que dicen para hacer que el mensaje llegue a más gente.
  8. Espontaneidad al tuitear: Trato de ser lo más natural posible. Este es mi espacio y nadie está obligado a seguirme. Pero sí que desde hace un tiempo, antes de enviar un tuit y especialmente antes de responder a alguien pienso, ¿estoy aportando algo o simplemente quiero dejar claro que soy más listo? No os imagináis la cantidad de veces que es lo segundo. He dejado muchos tuits sin enviar. También trato de recordar que no soy el presidente del gobierno, no hace falta que la gente conozca mi opinión sobre cada suceso. De hecho no hace falta ni que tenga opinión.
  9. Responder a un político en Twitter generalmente es como gritarle a la tele.
  10. Los temas de los que hablo: Estoy obsesionado con que hablo demasiado de política. A veces trato de cortarme, pero no puedo hacerlo. No me sale. Eso sí, siempre trato de hacerlo de manera constructiva y con humor, no repetir argumentario de nadie y hacerme más preguntas que respuestas. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a vivir en un mundo en el que la gente tenga una huella de opinión online (o a que tengan una presencia en redes absolutamente robótica intentando complacer a todos).
  11. El activismo está bien, ser un plasta monotemático no. Creo que hay gente que usa Twitter como quien saca la basura. Entran, sueltan su mensaje y se van. Creo que las campañas y la efectividad para convencer a la gente funcionan mejor si conoces el medio, si lo vives desde dentro, si lo haces más en plan “lluvia fina” que a pedradas, con mil tuits a la hora con el hashtag que toque para aplaudir a tu político favorito.
  12. La división entre cuentas personal y profesional: En su día intenté tener una cuenta “personal” y otra “profesional”. Y qué queréis que os diga: es un rollo. No es para mí. Yo soy yo cuando hablo de branding, de chicos guapos, de tipografía, de política o de diseño. Mantengo las cuentas de Marca por hombro, La cabeza llena o Ecomovilidad (compartida), pero porque son proyectos distintos. Tal vez si fuese un actor famoso o alguien cuya imagen pública tuviese gran proyección tendría sentido hacerlo. Ahora mismo solo me da una pereza tremenda.
  13. Los trending topic no significan nada. He desarrollado ceguera hacia ellos. Y creo que la mayoría también.
  14. Sobre la cobardía en Twitter: Hay muchas maneras de ser mezquino en Twitter. Trato de evitarlas. Una de ellas es hacer una captura de pantalla de un tuit de alguien para reírte de él sin que lo sepa. De esta manera, ni le llega notificación ni tus seguidores podrán ver más contexto que lo que tú has elegido para que se burlen. Otra opción es tener una cuenta privada y ahí dedicarte a criticar a los demás. Esta última es muy buena opción si estás haciendo carrera política y por ejemplo comienzas a trabajar de asesor de un partido en el Congreso. Tu cuenta pública sigue siendo un ejemplo de fair play y elegancia, mientras en la privada te dedicas a llamar de todo a gente que jamás lo leerá ni puede defenderse. Trato de no practicar ninguna de las dos.
  15. Nunca enviar a la jauría: Actualmente tengo unos 16.000 seguidores en Twitter, más que mucha gente y menos que mucha otra gente. Pero aun teniendo en cuenta que muchos serán cuentas inactivas o institucionales que nadie lee, o que el algoritmo de Twitter no le llevará mi tuit a todos, trato de publicar con la responsabilidad que tiene saber que de salida tengo un altavoz que otra gente no tiene. Por eso me parece una irresponsabilidad citar el tuit de alguien que ha dicho algo indignante para que tus seguidores vayan a reírse de él o meterse con él.
  16. Contenido original: Trato de subir siempre contenido creado por mí, o de acreditar al autor. Pero mejor aún es hacer retuit al autor original. De hecho, muchas veces si veo un tuit con un vídeo o similar y quiero compartir pero sospecho que no es suyo, hago una pequeña búsqueda para encontrar el autor original y hacerle retuit en su cuenta.
  17. Enlazar las fuentes: Cuando una noticia, reportaje o entrevista de una web me llama la atención, trato de tuitearla enlazando a la web del medio. Incluso si saco una captura de pantalla para destacar una frase que me ha gustado especialmente. Por dos motivos: por un lado, para dar a la gente que me lee la oportunidad de opinar leyendo el contenido completo (y no solo lo que he seleccionado yo) y por otro, porque los medios necesitan las visitas para ser sostenibles y poder dar empleo a periodistas. La única excepción a esto son las páginas sensacionalistas, que publican bulos xenófobos o titulares insultantes porque les salen rentables las visitas de indignados. En este caso prefiero no darles ni un tuit, pero si lo hago, mejor captura de pantalla que enlace.
  18. Silenciar: En un mundo ideal, lo normal sería que cada uno siguiese a las cuentas que le interesen y dejase de hacerlo cuando ya no le aportan nada, pero en la vida real nos duelen algunos unfollows. La relación en Twitter también tiene algo de relación real, y nos duele que un amigo nos deje de seguir. Por eso me parece perfecta la función de silenciar: yo dejo de ver un contenido que no me interesa pero oficialmente no he dejado de seguirle, nos podemos mandar privados y demás.
  19. Bloquear: Uso el block cuando realmente quiero que alguna cuenta no pueda interactuar conmigo, especialmente gente o medios tóxicos (propagadores de bulos, trolls, etc). Antes solía silenciarles también, pero bloqueando consigo que no puedan seguir leyéndome.
  20. Desactivar retweets: Hay gente que gana mucho si silencias sus retweets. Gente con opiniones sosegadas pero que no para de retuitear a plastas, o quienes retuitean CADA HALAGO que les hacen, o quienes retuitean muchísimo y colapsan el timeline. Me parece una manera menos radical que silenciarles.
  21. Preferencias de notificaciones: No mucha gente sabe que la pestaña de notificaciones se puede personalizar. Yo la tengo configurada para que solo me muestre las de gente que me siga. No se trata de una decisión basada en mi ego, sino que por experiencia sé que lo que te responde alguien que no te sigue suele tener poco valor. Es alguien que te ha leído a través de un RT (o del RT de un RT de un RT): no conoce tu cuenta, no sabe quién eres y probablemente ha leído ese tweet totalmente fuera de contexto. No te pierdes nada.
  22. Qué responder cuando no sabes qué responder: Un amigo me dijo hace tiempo que yo por Twitter parecía un borde, y es que a veces cuando alguien me dice algo no sabía qué responderle y no decía nada. Aprendiendo de eso, trato de dedicarle al menos un fav a todo el que me dice algo si no tengo nada mejor que decirles (también es verdad que leer Twitter en la cama medio dormido y pensar “luego le respondo” es malísimo para la imagen que uno proyecta).
  23. No juzgar por tweets pasados: Sí, la maldita hemeroteca a veces es muy jugosa, y todos tenemos la tentación de sacarle a otro los trapos sucios de que antes decía X y ahora dice Y. Pero es que es normal. Yo llevo más de 10 años en Twitter. Mi cuenta es la crónica de mis veintitantos. Y a lo largo de este tiempo he cambiado de opinión mil veces, y seguramente habría tuits que escribí en 2007, 2009 o 2018 que no volvería a escribir. Por eso trato de no juzgar a los demás en base a esto (bueno, a los políticos sí, pero es que les va en el sueldo, y solo cuando realmente están mostrando oportunismo y no un verdadero cambio de opinión). Parafraseando a Fernando Savater, “firmo todos y cada uno de mis tuits, con la fecha debajo”.

Mi sistema para organizar el dinero

Últimamente el tema del dinero surge frecuentemente en conversaciones con mis amigos. Y la verdad es que, modestia aparte, creo que he desarrollado un sistema para organizarme bastante bueno, y quiero compartirlo con vosotros.

1. Abre varias cuentas bancarias

Para este sistema necesitaremos varias cuentas bancarias. No puedes ir por la vida teniendo una única. Es como tener solo un par de zapatillas para andar por casa, ir a trabajar e ir a una boda.

La cuenta principal será una corriente en la que cobres tu nómina y a la que tengas asociadas tus tarjetas. Pero en ella nunca debe haber más dinero del que vayas a gastar ese mes.

Todo lo demás debe ir a cuentas de ahorro. Porque si está en la corriente, psicológicamente tendrás la sensación de que “te lo puedes gastar”. A lo largo del proceso iré explicando cuántas cuentas de ahorro tener.

Una pregunta frecuente es: ¿cuentas en el mismo banco o en diferentes? Si están en el mismo tienes la ventaja de menor papeleo y de que las transferencias entre ellas serán instantáneas, pero también tiene un lado malo: si tienes un capricho, es más fácil caer en él si no tienes que esperar al día siguiente para tener el dinero. En todo caso, mientras te asegures de contratar cuentas sin comisiones, no debes tener miedo a ser cliente de varios bancos. No es para tanto.

2. Entiende en qué se te va el dinero

Parece una tontería, pero seguramente la imagen mental que tienes de tus gastos no se corresponde con la realidad. Mi consejo: págalo todo con tarjeta y hazte cuenta en un servicio como Fintonic (es gratis). Puedes conectar tus bancos y te categoriza cada movimiento, para que entiendas (con gráficos y todo) en qué se te está yendo el dinero.

Por experiencia, muchos tenemos un “agujero negro” en nuestras cuentas que no son grandes lujos sino pequeños gastos que hacemos sin darnos cuenta. No digo que tengas que dejar de hacerlos (si te hace feliz y te lo puedes permitir, adelante) pero siempre está bien poder dibujar un esquema: de los X euros que cobro al mes, me gasto A, B, C en estas cosas (de media).

3. Unifica tus ingresos

Lo primero de todo es hacer que todos los meses sean lo más parecidos financieramente hablando. En la parte de los ingresos esto es fácil si como yo tienes un contrato de 12 pagas, pero si eres autónomo, o trabajas a comisión, también deberías intentar estandarizar lo que llega a tu cuenta cada mes para que sea siempre lo mismo y sea más fácil de gestionar. Puedes hacerlo transfiriendo siempre la misma cantidad de la cuenta en que te pagan a la que uses en tu gestión diaria, o si es la misma, preocupándote cada mes de añadir lo que falte o transferir a otra lo que sobre respecto a la cantidad que te has planteado.

4. Unifica tus gastos

Una vez que te has dedicado a hacer que lo que entre en tu cuenta sea siempre lo mismo, vamos a intentar hacer que lo que salga de ella sea también lo más parecido mes a mes. Para esto tenemos que tener en cuenta que hay cinco tipos de salidas:

  • Gastos mensuales: alquiler, luz, teléfono… se dan todos los meses y suelen ser parecidos.
  • Gastos no mensuales: el IBI, el abono transportes anual, seguros… aquí irían todos los gastos que haces con una frecuencia menor a mensual (incluso anual).
  • Gastos imprevistos: todos aquellos que sabes que pueden llegar pero no sabes ni cuándo ni de qué cantidad.
  • Ahorro para algo: para irme de vacaciones este verano, para comprarme un portátil nuevo.
  • Ahorro en general: el dinero que guardas simplemente por acaparar recursos en esta sociedad capitalista con o sin una meta definida.

Muy bien, pues ahora vamos a intentar mensualizar todos estos gastos, es decir, hacer que cada mes nos cuesten lo mismo. Con los gastos que ya son mensuales, como la luz o el teléfono, es fácil. De eso ni nos preocupamos, ya llegará cada mes el recibo a la cuenta corriente (y en Fintonic podemos saber cuál es la media para tenerlo en cuenta en el presupuesto).

Con los gastos que no son mensuales, vamos a mensualizarlos. Es muy fácil. Si, por ejemplo, el seguro de mi casa son 180 euros y lo pago cada enero, tendré que guardar 15 euros al mes durante el año. Es decir, es como si me pasara a mí mismo un recibo de 15 euros al mes. Mensualizarlo es una buena idea porque es una cantidad bastante fácil de guardar de cada nómina, pero no es tan fácil sacarle 180 euros así de golpe a tu sueldo.

¿Y qué hacemos con esos 15 euros? Mi consejo es guardarlos en una cuenta aparte. Yo para esto uso Coinc, una marca de Bankinter que te permite tener una cuenta de ahorro con diferentes “metas” que son como huchas o cajones diferentes. Yo tengo creadas un montón, para todos estos gastos no mensuales. Una para el abono anual, otra para el seguro, otra para el IBI de la casa… y cada mes voy metiendo ahí la parte proporcional. Si no, también te puedes hacer diferentes cuentas de ahorro en tu banco. Suelen ser gratuitas, aunque por ejemplo en ING me dijeron que no podías tener más de 10.

Respecto a los gastos imprevistos, los vamos a tratar como si fueran gastos no mensuales. Aquí puedes hacer dos cosas. Por un lado, si este tipo de gastos imprevistos suelen venir de una misma cosa (por ejemplo, el veterinario de tu mascota o los libros que tengas que comprar para tus estudios), puedes tratar de estimar cuánto te cuesta al año de media y tratarlo como un gasto no mensual, con su propia meta/cuenta (de nuevo, yo uso Coinc para esto). Si simplemente quieres tener un colchón para imprevistos porque tu vida es extraordinariamente compleja y nunca sabes de dónde puede venir, hazte una meta/cuenta llamada “Imprevistos” y pásale cada mes una cantidad determinada que pueda cubrir lo que venga. Tener una reserva para imprevistos te ayuda a ser mejor ahorrador. Si tuviera que tirar de los ahorros cada vez que tengo un gasto con el que no contaba, este dinero parecería más “accesible” y al final acabaría usándolo sin control.

De hecho, yo tengo un nivel más de separación: tengo una meta/cuenta llamada “caprichos” en la que meto todo el dinero que gano aparte de mi trabajo principal: cuando doy un curso, cuando escribo un artículo… como es dinero con el que no contaba, tengo un pacto conmigo mismo de no sentirme culpable por gastarme ese dinero en cualquier cosa: al fin y al cabo, es dinero para caprichos.

Muy bien. Ya tenemos los gastos controlados. Vamos con el ahorro.

Todos ahorramos para cosas concretas: un smartphone, un portátil, un viaje. Haz una lista. Calcula cuánto cuesta esa cosa, y cuándo te la quieres comprar más o menos. Voilà, ya tienes un gasto no mensual. Aunque queden 5 años para comprarte tu próximo portátil, si empiezas a guardar ahora ni lo notarás.

Por otro lado está el ahorro sin meta definida. Hay mucha gente que ahorra lo que queda en su cuenta a final de mes, es decir, lo que no se ha gastado. A mí me gusta hacerlo al revés, y este es un consejo que te dan muchos asesores: “págate a ti primero”. Calcula cuánto puedes ahorrar cada mes (mirando en qué se te va el dinero, incluyendo los gastos mensualizados) y tan pronto como te llegue la nómina aparta en otra cuenta ese dinero. Dinero que no esté en la cuenta corriente es dinero con el que mentalmente “no cuentas”.

Además, tener los ahorros sin meta definida separados te permite sacarles más rentabilidad, ya que no los vas a usar a corto plazo. Hay muchísimas alternativas, y aquí te recomiendo que le eches un ojo a este libro escrito por Alejandro Nieto, compañero de trabajo, en el que explica fácilmente todas las alternativas.

Es más sencillo de lo que parece

En realidad, es muy fácil. Cuando te llegue la nómina, aparta todo el dinero de esa cuenta que vayas a usar para otras cosas: gastos no mensuales, previsión para imprevistos y ahorros. El dinero que te quede será para los gastos del mes.

Y la manera más fácil de no complicarse la vida es automatizarlo todo. Las transferencias automáticas serán tus amigas. Yo tengo programadas decenas para que se activen a principios de mes. Tan pronto como llega mi nómina, cada transferencia programada va cogiendo su “pedacito” para las diferentes metas/cuentas. Y así no me tengo que preocupar.

Después, cuando llega un recibo trimestral o anual, o un gasto imprevisto, solo tengo que ordenar una transferencia de la meta/cuenta correspondiente a mi cuenta corriente. Y así no me fastidia el mes.

La señalización de Metro y el reto del ascensor

Una de las cosas que más me gustan del Metro de Madrid es su  identidad visual, que a pesar de estar bastante maltratada, es muy simple y efectiva.

Concretamente, destaca por su calidad la señalización. Es simple, fácil de entender y prácticamente universal. Fue diseñada por Arcadi Moradell a principios de los años 80, y durante los últimos 40 años ha funcionado bastante bien sin necesidad de grandes cambios. Pocos diseños pueden decir eso.

Folleto sobre la nueva señalización de Metro de Madrid editado en 1981
(vía Metalpotato en Traspapelados)

El diseño del estudio de Moradell se basa en Helvetica (ahí ya tienen todo mi amor), iconos internacionales estilo Aiga y en el uso de cuatro colores muy diferentes como fondo de cada panel para marcar el tipo de información que da: azul (trayectos, correspondencias, estaciones), verde (salidas y entradas), rojo (prohibiciones, avisos) y gris (otra información). Esto permite que cada viajero pueda reconocer inmediatamente los paneles que son de interés para él según la etapa del viaje en la que se encuentre: entrando (verde), viajando (azul), saliendo (verde), con el gris y el rojo acompañando todo el camino según el contexto.

Y llegaron los ascensores

Como decía, desde 1982 el Metro de Madrid ha cambiado tremendamente y el buen hacer de Moradell se demuestra en que la señalización apenas ha necesitado adaptaciones. Sin embargo, hay algo que sí hubiera sido necesario replantear: los ascensores.

Hasta finales de los 90, apenas ninguna estación de metro contaba con ascensores. Eran algo opcional, que se instalaba cuando la obra lo permitía. No se consideraba necesario que el metro fuese accesible. Sin embargo, las leyes de accesibilidad mejoraron y desde hace un par de décadas es obligatorio que todas las nuevas estaciones dispongan de accesibilidad completa a personas con problemas de movilidad.

De modo que, ¿cómo señalizamos un ascensor siguiendo las normas que nos hemos impuesto para la señalización?

Poniendo verde al ascensor

La primera aproximación de Metro para señalizar los ascensores fue hacerlo como si de una salida se tratase, con un panel de fondo verde. Esto podía tener su sentido, ya que las primeras estaciones que dispusieron de ellos eran simples y solo comunicaban la calle con el vestíbulo y éste con los andenes.

Sin embargo, esta no parece ser la mejor opción. El ascensor es un medio, no un destino. Nadie va al ascensor, sino que va en ascensor a la salida, o a otra línea. Marcarlo en verde no aporta información ninguna sobre a dónde va. Y además, como sucede en el ejemplo de la imagen, no sabemos si el ascensor lleva a la salida, a la línea 10 o a ambos.

La tipografía comprimida a lo bestia es uno de los maltratos que se han hecho al diseño en los últimos años

En otras ocasiones, se señalizaba que el camino hacia una línea también tenía itinerario con ascensor, añadiendo su icono al estándar de correspondencia. Esta opción no está mal, pero presenta problemas cuando la ruta caminando y en ascensor no es la misma. ¿Cómo lo hacemos? ¿ponemos dos paneles de correspondencia, uno con icono y otro sin él?

Con la instalación de ascensores en estaciones antiguas en las que confluyen varias líneas aparecieron más problemas. Puede haber varios ascensores, unos que lleven a la salida, otros que lleven a un andén de una línea.

Como vemos en la imagen superior, Metro nunca tuvo muy claro cómo señalizar esto. ¿En azul, porque es una correspondencia? ¿en verde, que ya tenemos la costumbre de hacerlo así con los ascensores? No parecen buenas soluciones, y sobre todo, añaden mucho ruido visual a algo que debería ser reconocible de inmediato.

Nueva señalización de Metro

En los últimas semanas, Metro ha evolucionado esta señalización en la línea 8 del metro, la más frecuentada por extranjeros porque es la que lleva al aeropuerto y a los recintos feriales. Con la excusa de hacerla bilingüe, han acometido algunos cambios. Así es uno de los carteles más complejos de la red, el del andén de línea 6 en Nuevos Ministerios:

Como podemos ver, hay tres principales novedades respecto a las situaciones que habíamos visto hasta ahora: la información aparece en inglés también, los ascensores son medios para llegar a destinos y la información complementaria ahora aparece en blanco en vez de gris.

Sin duda no deja de ser un avance, pero creo que es una oportunidad desperdiciada para haber hecho algo mejor. No entiendo, por ejemplo, que para Metro adaptar algo a turistas sea añadir más texto en vez de simplificar con iconos, lo cual serviría tanto para gente que hable inglés como la que no, y reduciría el ruido visual. ¿De verdad hace falta poner “Ascensor/Lift” al lado del icono internacional de ascensor? ¿y Parking? El blanco, del mismo modo, me parece que le da mucho protagonismo a una información que no debería destacar sobre las demás.

Tampoco me convence que hayan pasado de un extremo de tener el ascensor como información de último nivel a este, en el que el mismo ascensor aparece tres veces. Como llevo diciendo todo el artículo, considero que es básico indicar dónde está el ascensor y a dónde nos conduce, pero no creo que sea bueno ponerlo en primer nivel de lectura. El ascensor es un medio de muy baja capacidad, cuyo uso además debería estar reservado a quienes lo necesitan de verdad. Darle la misma importancia visualmente que otra ruta puede ser perjudicial para la fluidez de la estación y para el mantenimiento de este elemento.

De modo que llegamos a un reto: indicar el ascensor en una estación de metro cumpliendo con las normas de la señalización corporativa (verde salidas, azul correspondencias…), que tenga en cuenta casos en que haya varios ascensores que lleven a un solo andén o que el ascensor esté en un camino distinto al resto de elementos, que sea lo más comprensible posible para personas que no hablen español y que no tenga tanto peso visual como la ruta principal. Vamos a lanzar algunas ideas:

Primera idea

La primera podría ser marcar, debajo de cada destino, su ruta accesible en un panel de media altura. Algo así:

Esta opción no termina de convencerme. Creo que añade mucha complejidad, porque, aunque sea con paneles de media altura, añade un elemento más a cada destino. Y alternar flechas grandes y pequeñas rompe mucho el ritmo visual.

Segunda idea

Vamos a una segunda opción. A veces Metro señala diferentes rutas para una salida, por ejemplo. Algo así:

La idea sería aplicar esta idea a los ascensores. Quedaría algo así:

De nuevo, esta opción no me termina de convencer. Es cierto que el uso de iconos puede ser útil para marcar la diferencia entre un camino con escaleras de piedra o mecánicas, pero creo que hace que todo sea más complejo y añade mucho ruido. Además, da mucha importancia al ascensor, y por mantener la estructura del cartel el tamaño de los iconos se ve obligado a variar mucho según si van solos o si tienen que convivir varios. No creo que sea la mejor opción.

Tercera idea

La tercera es mi favorita. Por un lado, analizamos el viajero que usa los ascensores. Se trata de alguien que los necesita, por lo que no es necesaria una señalización que los sugiera (como la de escalera mecánica), sino que podemos contar con que va a buscar motu proprio el camino accesible.

Por otro lado, volvemos a las normas de la señalización. Las salidas se representan en verde, los transbordos en azul y la información complementaria en gris (sí, voy a ignorar que ahora Metro quiere hacerlo en blanco porque como he dicho antes me parece un error). Podemos asumir que la existencia de un ascensor, sin especificar más, es información complementaria, gris por lo tanto. De modo que, ¿y si metemos los destinos del ascensor con sus colores correspondientes dentro de un panel gris? Algo así:

El panel se compone del icono de ascensor y un espacio para los destinos del mismo, que pueden ser otras líneas, salidas u otro equipamiento de la estación (bibliometro, atención al viajero…). Además, en caso de haber varios ascensores, por ejemplo, uno de ellos que llevase a un andén concreto, pueden convivir:

Con esta opción conseguimos agrupar por ascensor todos los destinos de cada ascensor, no dándole tanta importancia como a la ruta principal, pero manteniendo la información completa y el código de colores que asegura un reconocimiento inmediato.

Además, a diferencia de las dos anteriores soluciones, esto permite que el viajero vea de un golpe de vista si la estación es accesible. En las ideas 1 y 2 había que repasar cada cartel, aquí basta con mirar si existe el panel de ascensor.

Cuando tenía esta idea pulida (y un hilo en Twitter publicado), mi amigo Antonio me pasó una imagen de la señalización del metro de París en el que se ve una solución muy similar a esta:

No la conocía, pero me reafirma en que valdría la pena, al menos, considerarla. Aquí queda.

 

10 años en Twitter

El 2 de mayo de 2007 yo tenía 20 años recién cumplidos. Era un día aburrido y los exámenes se acercaban, así que decidí abrirme una cuenta de algo nuevo llamado Twitter, una especie de Messenger donde podías dejar mensajes que tus contactos leían aunque estuvieras desconectado. Aún no había retweets, ni siquiera replys. Y prácticamente nadie lo llevaba en el móvil.

10 años después, Twitter se ha convertido en una red social monstruosa. He debatido, me he informado, he promocionado lo que escribía, he hecho chistes, he encontrado trabajo y lo mejor: he conocido a algunas de las personas más importantes en mi vida. Y en ella se han quedado escritos 10 años de mi vida. La crónica de mis veintitantos.

He querido seleccionar algunos tweets divertidos, tristes, importantes o absurdos que he publicado a lo largo de estos años, para celebrar mi década en Twitter. No sé dónde estaremos el 2 de mayo de 2027, pero seguro que hay algún sitio donde contarlo.

Mi primer tweet

Idéntico al 99% de los primeros tweets de todo el mundo.

Cuando era figurante en la tele

Cuando no había replys y no estaba muy claro cómo decirle algo a alguien pero no pasaba nada porque solo te seguían 3 personas

Cuando lo importante de un móvil es que tuviese Bluetooth

Cuando en 2008 ya tenía las cosas claras

Cuando comencé mi primer trabajo de adulto…

Llevando las redes sociales en Simyo. Por aquel entonces lo de community manager sonaba a chino.

La gente me amaba.

Cuando lanzamos ecomovilidad

Cuando aún estaba estudiando

https://twitter.com/gamusino/statuses/15059984042

Mis apuntes eran lo más.

Cuando empezaron las malas noticias

https://twitter.com/gamusino/status/18502847440

Cuando me quejaba de El Canto del Loco

https://twitter.com/gamusino/status/108217014933397505

Cuando mi empresa se hundió y nos despidieron a todos

Un día os contaré la historia de cómo casi me hacen CEO.

Cuando empecé a trabajar en otro sitio

https://twitter.com/gamusino/statuses/198009928340877312

Cuando seguía pensando en El Canto del Loco

Cuando hice un fotomontaje y se volvió viral

El peor día

https://twitter.com/gamusino/statuses/717409927199858688

Cuando me fui a EEUU

https://twitter.com/gamusino/statuses/768725160748810240

Todo el mundo me dijo “hala, no seas racista, POR SUPUESTO que usan crema solar”.

https://twitter.com/gamusino/statuses/768730355830579200

Pues ejem.

https://twitter.com/gamusino/statuses/770867456160124928

Cuando decidí empezar a hablar de salud mental

Cuando empecé a hacer amigos lingüistas

 

Ir al psicólogo no es una locura

Escribí este texto originalmente para mis redes sociales. Desde que lo publiqué cientos de personas, sin exagerar, me han contactado para contarme sus experiencias, agradecerme el mensaje o lo que más ilusión me ha hecho: contarme que han decidido buscar ayuda ellos también. Eso es lo que me ha decidido a replicarlo aquí hoy 10 de octubre, día de la salud mental.

Voy a compartir con vosotros algo que generalmente suele ser un tabú. Pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que es necesario hacerlo, porque puede ayudar a más gente.

Desde hace unos meses estoy teniendo sesiones con un psicólogo. Llegó un momento en el que noté que algo no funcionaba dentro de mí, que iba a más y que yo solo no podía resolverlo. Y las circunstancias que me rodeaban tampoco eran las mejores para ello, la verdad. Charlando con un conocido, me dijo que estaba yendo a un psicólogo y le había ayudado mucho. Y al igual que no esperamos a que se nos caigan todos los dientes para ir al dentista, busqué ayuda profesional.

La verdad es que mi imagen de los psicólogos era la de las películas y los chistes: estar tumbado en un diván mientras un señor con chaqueta de coderas te escucha y anota cosas en una libreta. Y se duerme mientras hablas de tu vida y de tu relación con tus padres.

Siento la decepción, pero no tiene nada que ver. Al menos en mi caso, no sé si habré dado con el único psicólogo de Madrid sin diván. La cosa es mucho más interesante: es una especie de charla, o quizás entrevista, en la que él habla tanto como tú. Te pregunta cosas, le cuentas cosas, te hace hipótesis, te hace pensar… y hasta te pone deberes. Y habláis de cómo ha ido la semana y de cómo te has enfrentado a tus problemas, a la ansiedad… sin juzgarte para nada.

Para mí, lo que te aporta un psicólogo no son soluciones mágicas, sino una mirada externa en cosas que quizás sospechabas y no te atrevías a reconocer, o relaciones entre cosas que te suceden ahora y cosas que te marcaron hace años. A veces me dice cosas en las que jamás habría pensado y me doy cuenta de que tiene razón. O hace metáforas con las que entiendo mejor mi mecanismo mental. Es como ver una foto de ti mismo desde fuera, más imparcial que la de un amigo. Y como he dicho, no hay soluciones mágicas, pero sí algunas ideas y estrategias que puedes aplicar en tu vida cotidiana.

Nunca he querido que fuera un secreto que voy a terapia psicológica. Creo que es hora de derribar tabúes. Desde que se lo he comentado a mi círculo cercano he descubierto que cinco amigos también han acudido a un psicólogo en los últimos meses, y varios más se han interesado por mi experiencia y se van a decidir a dar el paso. Quizás yo no lo habría dado si no fuese porque, de casualidad, ese conocido lo mencionó. Y lo habría lamentado mucho, viendo lo bien que me va.

Así que aprovecho a decirlo aquí: si crees que lo puedes necesitar, no lo dudes. Para mí, las sesiones se han convertido en uno de mis momentos favoritos de la semana. Tanto cuando estoy en ellas como después, cuando doy una vuelta por el centro simplemente pensando en lo que hemos hablado. Y notar que vas mejorando semana a semana es una sensación muy positiva. No exagero cuando digo que es el dinero mejor invertido de mi sueldo.

Si crees que te puede ayudar, ni lo dudes. No te vas a arrepentir.

En el lado equivocado de la historia

Ayer fue un día triste para la igualdad. El Corte Inglés retiraba, presionado por la plataforma ultraconservadora Hazte Oír, un vídeo de su campaña de vuelta al cole en el que aparecía una pareja de dos hombres como padres de unos niños.

El anuncio era perfecto. Por una vez los gays nos podíamos ver reflejados en un momento cotidiano en el que nuestra sexualidad no era el centro de todo, ni ayudábamos a una amiga a decorar una casa, ni éramos representados solo como histriónicos jóvenes guapos y cachas. Era una escena que te sacaba una sonrisa. Era demasiado bonito para ser verdad. 21.000 firmas de personas ofendidas porque el anuncio “promocionaba la homosexualidad”, el vídeo desaparecía de Youtube. El Corte Inglés (en público) niega que haya presión alguna, aduce que la campaña había pasado y que no disponían de los derechos de la música por más tiempo.

Llegamos al punto en el que se juntan tantas incoherencias que hay que ir a desmontarlas una por una, y no me refiero a lo de que una tendencia sexual se pueda promocionar como si de una tarifa de móvil de tratase para conseguir más portabilidades. Para creernos la versión de El Corte Inglés habría que omitir el hecho de que muchas campañas pasadas siguen en su Youtube (las rebajas de este año y del anterior, la vuelta al cole del año pasado…), habría que creerse que una de las empresas más importantes del país comete la torpeza de comprar los derechos de una música durante solo un mes y, en definitiva, habría que no haber visto el anuncio en el que no hay una sola nota de música:

El vídeo se enmarcaba en una línea que había comenzado hace meses con unos vídeos para San Valentín en los que, por primera vez, aparecían parejas homosexuales. Guapísimos, jóvenes, cachas, pastelosos e intensitos, sí, pero a muchos nos llenó de esperanza que diese este paso una de las empresas más tradicionales, en todos los sentidos. Para conseguir la igualdad social que ya tenemos legalmente es imprescindible la visibilidad. Yo soy de los que piensan que, a principios de los 2000, una de los factores que más contribuyó a convertirnos en uno de los países más tolerantes con la diversidad sexual fueron la ley de matrimonio igualitario y los personajes gays y lésbicos de series como Siete Vidas, Hospital Central y Aquí no hay quien viva. Por primera vez protagonistas, sin ser clichés ni vivir un drama por su sexualidad.

Pero todo era una estrategia de pinkwashing. Como dicen en este acertado artículo del 20 Minutos, El Corte Inglés nunca se creyó la igualdad. Simplemente necesitaban parecer modernos porque su competencia (Amazon, sin ir más lejos) lo es. Si te crees la igualdad asumes que por hacer estas cosas un grupo de homófobos te van a presionar. Y no debería importarte. De hecho, qué carajo, deberías estar orgulloso de que quienes piensan así se enfaden contigo y dejen claro al mundo que no eres uno de ellos. Y esta es la diferencia entre ser algo de verdad y decir que eres algo. Como dice mi jefe, los principios no son principios hasta que no te cuestan dinero.

No acierto a entender por qué en 2016 una empresa decide alinearse con el que ya es obvio que es el lado equivocado de la historia. Y menos aún que sus responsables se excusen diciendo cosas como que “no tenemos posición política ni en un sentido ni en otro”. ¿Cómo se puede no tener posición? No estamos hablando de PP contra PSOE, estamos hablando de igualdad contra homofobia. ¿Tampoco tendrían posición en la segregación racista?

Si en 2016 una marca recibiera presiones para retirar un vídeo protagonizado por una persona negra, ni se les pasaría por la mente hacerlo. Lamentablemente, hoy en día la homofobia está aún mejor vista que el racismo.

En Anunciología, nuestro homenaje a un anunciante mucho más valiente:

Qué difícil es hablar en pasado de alguien que está tan presente.

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Hoy se cumple un mes de la muerte de mi padre. Aunque nunca fue muy religioso, a muchas personas que le querían les hacía felices dedicarle una misa, empezando por el propio cura que la ha oficiado, el padre Manolo. Uno de sus mejores amigos, alguien con quien le gustaba tanto hablar como discutir cariñosamente. De hecho, Manolo fue su última visita. Mi padre, ya sedado, esperó a morirse a la tarde del 5 de abril, a la hora en que había quedado con Manolo para tomar un café en casa.

Un tema que me ha hecho pensar siempre es el de la última vez que ves a alguien. Y desde que supimos que mi padre moriría, aún más. Me preguntaba cómo sería el último día con él, cómo serían nuestras últimas palabras. Qué nos diríamos.

¿Cómo puedes despedirte de alguien para siempre? No cabe en palabras todo lo que le hubiera dicho. Cabezón como siempre, mi padre decidió llevar la contraria a los médicos. Nos dieron tres a seis meses, y él se fue en dos semanas. Y me alegro. Me alegro de que se fuese como quiso. De que lo hiciese en casa, tranquilo, sedado, sin dolor, que era lo que él más temía.

La última vez que hablé con mi padre ninguno sabíamos que sería la última. Fue una despedida en la puerta de casa, yo me iba al metro y él salió a decirme adiós. Nuestra última conversación no fue memorable, ni llena de solemnidad, ni de palabras elegidas para grabarlas en la memoria. La última vez que vi a mi padre consciente se despidió recordándome que le tenía que llevar una llave inglesa que necesitaba para desmontar unas estanterías metálicas en la buhardilla, algo que quería hacer antes de morir. La llave de la foto que acompaña a esta entrada.

Mi padre se fue sin despedirse, como tampoco me lo presentaron al nacer. Porque alguien tan importante para una persona no necesita palabras para decir adiós. Mi despedida de mi padre son todos los buenos momentos que hemos pasado juntos estos 29 años.

El cáncer pudo con mi padre, pero tenemos la oportunidad de evitar que pueda con más gente. Nunca fui consciente de la gran labor de la Asociación Española contra el Cáncer, ya que eran mi madre o mis hermanas las que le acompañaban a quimioterapia. El día que nos dieron la peor noticia de nuestra vida, que ya no podían hacer nada por él, aprecié un lema que me dejó marcado: “Si crees que estás solo es que no nos conoces”. Los voluntarios de la AECC están en las salas de espera, repartiendo caldo caliente, café, tilas o infusiones a familiares y enfermos, o poniendo a su disposición recursos informativos o psicólogos.

Hoy ha sido la cuestación anual de la AECC, pero todos los días podemos poner un granito de arena para apoyar la investigación que ayude a detener el cáncer. Y creo que ese es uno de los mayores logros que podemos conseguir en nuestra vida. 50 céntimos, 5 euros o 50. Todo ayuda. Podéis donar aquí.

Sobre el cartel de Metro: el día que creé un fake sin querer

Actualización: En Radio Nacional me han entrevistado sobre el tema. Puedes escucharlo aquí.

Ayer estaba en el metro de camino a casa cuando vi una nueva campaña de publicidad de Metro de Madrid: se comprometen a reparar un montón de escaleras mecánicas en menos de 15 días. Qué casualidad: durante los últimos años hemos padecido escaleras mecánicas fuera de servicio durante semanas y semanas, y ahora que llegan las elecciones hasta una labor de mantenimiento técnico se anuncia con publicidad. Y remarcando lo de los 15 días en una especie de «excusatio non petita».

El caso es que me dio por hacerle una foto a uno de estos carteles…

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…y dedicarle 20 minutos de Photoshop para hacer que dijese lo que de verdad quería decir:

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Un mensaje exagerado, obviamente falso. Y así lo publiqué en mi Twitter:

La mayoría de la gente lo pilló al momento, se rieron y el mundo siguió girando. Al cabo de un rato, como me hacía gracia que hubiera gustado, compartí la versión original y volví a explicar que se trataba de un montaje.

Pero la foto ya era un éxito. Lo compartieron y la cosa se fue extendiendo y extendiendo… hasta que en unas horas había alcanzado los 100 RT. Luego los 500. Después los 1000. Y cuando me desperté al día siguiente, ya llevaba unos 3000. Y algunos pensaban que era verdad. Mi parodia se había convertido en un fake.

Esto habría quedado en una anécdota, el típico tuit que de casualidad se hace viral, si no fuese porque me ha enseñado algunas lecciones.

La primera es que si dices lo que la gente quiere oír, muchos se lo creerán. De verdad, este cartel era imposible de creer. Metro es un arma electoral obvia, pero ni por esas admitiría en un cartel que solo les preocupa su red cada 4 años y que sus directivos van en coche a trabajar. El caso es que muchos dieron por hecho que era verdad porque lo estaban viendo, sin plantearse el sentido del mensaje ni que pudiera ser un montaje. A todo el que se molestó en preguntar le aclaré que era mentira.

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La segunda es que si haces algo que tiene un mínimo éxito, siempre va a haber alguien que se lo apropie. Y por apropiar entiendo publicarlo sin aclarar que no es tuyo ni decir de quién es. Por mi propio timeline se han cruzado decenas de tuits de otras personas con mi montaje sin citar fuente, ni siquiera diciendo que era falso. Existe la creencia en internet de que lo que circula por ahí no es de nadie, cualquiera se lo puede apropiar, “es de internet”. Entiendo que en el caso de otros materiales sea difícil precisar quién lo creó o publicó, pero esto empezó a suceder a las pocas horas de publicarse originalmente. No se trata de algo que lleva años rodando boca-oreja y ya es imposible saber de quién es. Es simplemente que hay gente a la que le llega un contenido original en un tuit, deciden quedárselo y difundirlo desde su propia cuenta, como diciendo “mirad lo que acabo de ver en el metro”.

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Por supuesto, yo no vivo de esto. Me da bastante igual. Como si lo quieres imprimir y colgar en tu casa, es una chorrada y no tengo ningún afán de protagonismo por algo que la semana que viene no va a recordar nadie. Pero me parece un fenómeno curioso esto del “como está en internet no es de nadie”. Siempre he sido partidario del copyleft: de hecho, mis blogs ecomovilidad.net y Marca por hombro están en Creative Commons, pero eso no significa que te lo puedas quedar y presentarlo como tuyo.

El culmen del morro de esto ha sido el sitio de humor Señoras Que, donde Carlos Valladolid lo ha publicado, por supuesto sin citar la fuente ni pedir permiso al autor, como “cartel real visto en el metro”. Le doy todos mis ahorros y la custodia de mi gato al tal Carlos si me demuestra que a) es real y b) lo ha visto en el metro. Vamos, que me como el PSD con patatas.

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La tercera, y más preocupante, es que es extremadamente fácil colar un fake. En este caso se trataba de una chorrada, un photoshop que a la mínima que te fijes es bastante evidente (por favor, mirad la frase de abajo del todo, ni siquiera ajusté el tono de negro). Y aun así mucha gente ha creído que era verdad. Pero es que lo he llegado a ver difundidos por periodistas, publicado en páginas web, en cuentas de partidos políticos (ignoro si oficiales o de simpatizantes) e incluso inventándose cosas como que era una campaña de viajeros cabreados o que alguien de dentro de Metro había saboteado el cartel al colocarlo o qué se yo:

El cartel que le han colado a Metro de Madrid Amenzing

Esto es lo que me parece peligroso: la gente que nos informa, la gente que milita en partidos que aspiran a gobernar, en vez de plantearse una mirada crítica y escéptica dan credibilidad a todo lo que concuerde con sus ideas. Y eso me da pánico, sinceramente.

El bonus track: a media mañana un amigo que trabaja en Metro me ha escrito diciéndome que la dirección de la compañía ha puesto a algunos trabajadores, jefes incluidos, a buscar el cartel y arrancarlo. Espero que a los pobres les dejen volver a casa aunque no completen la misión.

Por qué en ecomovilidad.net enfadamos a nuestros lectores (a veces)

Si hay algo que no soporto es que alguien me diga solo lo que quiero oír. Escuchar siempre tu propia opinión en la voz de otras personas te hace vago y que nunca te cuestiones nada. No se trata de estar a la contra, sino de ser coherentes.

Es algo en lo que llevo un tiempo pensando a raíz de ecomovilidad.net. Desde el principio planteamos un medio sobre movilidad sostenible que informase sin ataduras de ningún tipo: no tenemos detrás ninguna asociación, empresa, organismo o partido político, ni debemos favores a nadie. Somos totalmente libres para criticar lo que no nos gusta y alabar lo que sí. Y si alguien alguna vez nos ha hecho la pelota o nos ha dado un premio esperando lo contrario, se ha llevado un chasco.

Nos hemos tomado tan en serio lo de ser independientes que de cuando en cuando enfadamos a nuestros propios lectores.

Resulta que hay algunas posturas que sostenemos que no son precisamente populares. Porque lo que nos mueve es un deseo de cambiar el modelo de ciudad hacia uno más habitable y en el que el espacio público esté mejor repartido. Y claro, cuando hablas de movilidad sostenible hay muchos temas en los que todo el mundo te apoya, de verdad o por postureo: la necesidad de mejorar el servicio, de hacer que las tarifas sean más justas, de que haya más bicicletas en la ciudad… pero también hemos propuesto que se supriman los metrobúhos, que suba el precio del billete sencillo, que se supriman plazas de aparcamiento, que los coches circulen más despacio o nos hemos quejado de las motivaciones de algunos vecinos de Gamonal.

Y aquí es donde se enfada la gente. Algunos con razón, porque tienen el convencimiento de que las cosas deben ser de otra manera. Pero otros no, y estos son los que montan el drama: me habéis decepcionado, parece que odiáis a los coches, sois unos voceros del sistema neoliberal, sois el panfleto de PSOE-IU, no sabéis de lo que hablaís, qué fácil es hablar cuando no tienes una madre enferma que necesita ir en coche hasta la puerta (siempre que propones peatonalizar una calle aparecen decenas de madres octogenarias que necesitan ir en coche a la puerta), y tal. Y es que como decía, en este tema hay mucho postureo. Mucha gente apoya fervientemente que se construya metro o se mejore el transporte público a su barrio… siempre y cuando ello no suponga restringir de ninguna manera su movilidad en coche. Vamos, que lo hacen con la esperanza de que sus vecinos se muevan en transporte público y le eviten los atascos. Otros creen ser defensores de la movilidad sostenible, pero simplemente son aficionados al ferrocarril o los autobuses: les gustan de una manera lúdica, nada que ver con la movilidad. Defienden “su” medio de transporte sobre los demás, le sacan fotos y comentan lo bonito que es y la gran historia que tiene, pero en el fondo les da igual que sus tarifas sean accesibles, que las rutas sean correctas o el papel que jueguen en la intermodalidad de una ciudad. Es como decir que te gusta el deporte cuando lo que te gusta es ver las retransmisiones de voleibol femenino.

Nosotros, por nuestra parte, estamos orgullosos de defender posturas diferentes, poco comunes o directamente impopulares en ocasiones. Y no lo hacemos por trollear, sino por coherencia interna. Sería muy fácil negarse a cualquier subida de tarifas en el transporte público, o a que los conductores de coches pierdan ningún privilegio esperando que mágicamente la ciudad cambie su modelo de movilidad hacia uno más sostenible o pedir líneas de metro al infinito. O quejarnos por sistema de todo lo que haga un partido político (nosotros hemos criticado a todos). Seguramente de esta manera ganaríamos mucha más audiencia. Porque a la gente le gusta saber qué etiqueta ponerte y no llevarse sorpresas con lo que dices. A muchos líderes de opinión les ha ido bien así, sin salirse del argumentario, diciéndole a su público siempre lo que quiere oír. Subes rápidamente en followers y te acabas convirtiendo en un líder de opinión. Siempre que digas lo que se espera de ti.

Pero desde el principio quisimos ser un medio en el que se pudiera confiar. Queremos que nuestras propuestas sean realistas y razonables, sin renunciar a un punto de utopía pero sin vivir en cuentos de hadas. Y eso supone defender la movilidad sostenible en todas las ocasiones, no solo cuando es fácil hacerlo. Y sé que hay muchos lectores de ecomovilidad.net que lo agradecen, estén o no de acuerdo con nosotros.

Precisamente el otro día leí un artículo en El País sobre la espiral de silencio, un fenómeno por el cual las opiniones menos populares acaban siendo relegadas porque la presión social en contra hace que sus defensores callen. Tratamos de que eso no pase, convencidos de lo contrario: por impopular que sea una idea (los privilegios de los coches en la ciudad son insostenibles), si crees que vale la pena hay que defenderla, hablar de ella y hacer que vaya calando en la gente.

Mi padre

Mi padre nació en Madrid y su familia es de Córdoba, pero siente un amor hacia Zaragoza, hacia ese equipo de fútbol y hacia la Virgen del Pilar que no es normal para un no maño. Recuerdo que de pequeños nos llevó una vez allá y yo no entendía nada, pero siempre he oído hablar de Zaragoza en mi casa y siempre le ha acompañado una figurita de la pilarica.

Mi padre es tan desordenado como yo, lo cual me viene estupendamente como excusa genética. Su mesa en la tienda que regentó durante 30 años solo era comparable a mi escritorio en casa. En la tienda, mi padre era capaz de saber cuánto valían todos y cada uno de los artículos del local, aunque no llevase precio indicado, y qué código había que marcar en la máquina registradora para venderlo. Mi padre es la primera persona a la que oí hablar de teléfonos móviles y de DVDs.

Mi padre es la persona más manitas que conozco, y desgraciadamente en este caso no se me ha pegado nada a mí. Mi padre grababa los programas de Bricomanía y se metía con Íñigo, el de las plantas, porque decía que no lo hacía bien. Tiene lo que los anglosajones llaman dedos verdes: puede plantar un palo en una maceta y conseguir que florezca. A mi padre le habría gustado ser albañil, o electricista, o jardinero, o carpintero. Todo ello lo ha hecho siempre en casa, arreglándola en plazos de domingo a domingo cuando la tienda no le secuestraba con papeleos o inventarios. Mi padre fue quien arregló el piso en el que estoy viviendo, desde instalar la electricidad hasta colocar las puertas o montar armarios suecos.

Mi padre es una de las personas en el mundo que más quiere a mi madre. Nunca les he visto pelearse, y sí aguantarse con paciencia el uno al otro. A mi padre no le gustan especialmente los médicos, y siempre tiene que ser ella quien le haga ir a revisiones. Hace un par de años, en una de ellas nos dieron esa mala noticia que es el cáncer de pulmón. Unos meses malos y un montón de palabras nuevas después como mediastinoscopia, radioterapia o mestástasis, mi padre vuelve a estar sano. Y ya no me siento culpable de haber estado todos esos meses tranquilo con la confianza de que todo iba a salir bien.

Mi padre es Scout, una afición que yo tampoco he heredado, y tararea permanentemente por lo bajo una melodía que nunca he sabido identificar. Siempre está dispuesto a echar una mano, tanto si es para llevarnos a un sitio a horas intempestivas como si es para arreglar una avería a una vecina o instalar una televisión en casa de un cliente por la noche.

Mi padre es abuelo y ejerce como tal, guardando en carpetas del ordenador las fotos de sus nietos clasificadas por fecha, en un escritorio con una gran foto de los tres.

Qué queréis que os diga. Es mi padre. Él y mi madre se merecen todo lo que yo supiera escribir sobre ellos.