Salta

Nadie sabe nuestro secreto
nadie quiere saberlo
ellos viven con los zapatos en el suelo
salta con los brazos abiertos con los pelos al viento
este es nuestro momento
salta aunque nadie te comprenda
por encima de cabezas huecas
salta como un gato
tu no eres un pájaro enjaulado

¿Nos atrevemos?

Que recordarás

Yo siento que quiero verte y verte y pienso
que recordarás las tardes de invierno por Madrid,
las noches enteras sin dormir.
La vida pasaba y yo sentía que me iba a morir de amor
al verte esperando en mi portal sentado en el suelo sin pensar
que puedes contar conmigo.
Que recordarás las tardes de invierno por Madrid,
las noches enteras sin dormir.
La vida se pasa y yo me muero, me muero por ti.

Equilibristas

Lo duro de ser equilibrista no es sólo pasear por esa cuerda flácida, en la que sabes que cada paso tiene que estar medido al milímetro. Lo duro es pensar que entre la gente que te está viendo hay muchos que desean con todas sus fuerzas que caigas. Que des un mal paso, que se te vaya el impulso hacia delante, que caigas a la red.

Y, a veces, mientras caminas ahí arriba, miras al público y entre las caras de incredulidad y emoción les encuentras a ellos. Y piensas que a lo mejor tienen razón, que ir por una cuerda haciendo equilibrios no sirve para nada y que lo mejor que puedes hacer es tirarte y dejar que la red se ocupe de ti, y dejar paso a cosas más útiles como el domador de leones o el mago.

Y recuerdas cuánto te costó aprender a hacer esas cabriolas, y la de veces que te caíste intentando mejorar el número, que cada semana incorporabas un nuevo giro, un nuevo reto para sorprender al público.

En ese momento puedes dejarte caer y dejar que el espectáculo continúe, o terminar tu truco y sorprender incluso a los que no confiaban. Y a veces eliges una cosa, y otras veces la otra.