¡Me aburroooo!


Puedo prometer que la foto no tiene nada que ver con nada que vaya a escribir. De hecho, no se me ocurriría escribir nada viendo esa foto, es preciosa y tal (la saqué en la carretera entre Leganés y Madrid, que seguramente tenga nombre y que seguramente yo desconozca). Como no haga un Agrosfera o una oda al pan y los agricultores, apañados íbamos.

Ayer escribí un mensaje aquí, pero fue censurado por el censor que todos llevamos dentro. En mi caso se trata de doble personalidad, que es bastante molona porque así no me aburro nunca. Ayer escribí sobre temas personales-sentimentales, de los que apenas trato aquí (porque como sabéis tengo vendidas todas las exclusivas al Hola y algún día me forraré de dinero y joyas) y por ahí debe andar el mensaje, en borradores. Que conste que no es un reto para que me hakeeis el Blogger, qué bastante tengo yo con haber averiguado cómo se cambia la cabecera.

Ayer fue un día ajetreado y surrealista. Entre otras cosas, logré batir mi record de velocidad en la modalidad de acompañamiento de gallego estresado en estación de Chamartín. Y es que, amifgos míos, cuando tienes un tren para volver a tu ciudad natal (y solo uno, porque en toda la navidad ya no quedan más billetes), y ese tren sale a las dos de la tarde, NO hay que ir con el tiempo justo.

Allí estábamos, mi amigo gallego y yo, en Atocha comiendo un bocadillo de El Brillante y descubriendo lo interesados que son los pájaros, que les echas una miga y se hacen amigos tuyos para siempre, cuando decidimos que se iba haciendo tarde y que habría que ir a Chamartín a coger su tren. Por desgracia era muy tarde, así que corrimos a coger el cercanías que tardó un pelín en venir, y cada parada se nos hacía eterna. Cuando a las dos menos cinco el conductor (o quien fuera) anunció por megafonía que había retrasos entre cinco y diez minutos, a Martiño casi le da algo.

El caso es que a y 57 llegamos a Chamartín, subimos al vestíbulo para ver en qué vía estaba su tren y resultó estar en la 1. Pero en ese momento dejamos de vernos, y empecé a correr por el vestíbulo a una velocidad insospechada: al menos, yo estaría en la vía, que llevo la maleta. Él ya aparecerá. Me cruzo con un empleado de Renfe:
– Eh, chico, ¿qué tren buscas?
– El de Galiciaaaaa
– ¡Vía uno! ¡Pero baja corriendo!
– Es que estoy buscando a mi amigooooooo (esto se lo dije ya en la lejanía).

Bajé las escaleras con ese maletón de cinco en cinco: casi me mato. Llego a la vía y ni rastro de Martiño, así que con el subidón de adrenalina no se me ocurrió otra cosa que empezar a llamarle a gritos. El revisor me avisa que el tren se va y le contesto que yo no viajo en ese (el tío me miró con cara de estar loco, ¿y para qué vienes corriendo entonces?). En estas, en el último segundo, aparece Martiño. Todas las puertas del tren estaban ya cerradas, el revisor le metió donde pudo. Final feliz: a los diez segundos de aparecer en el andén y meter su maleta en el tren, ya estaba fuera de la estación. Pero madre mía, qué estrés y que subidón de adrenalina.

Por la tarde me dediqué a preparar el regalo de cumpleaños de Samuel (el chico con el que salía este verano, desde el día que ganó Esperanza Aguirre… ella ha durado más que nuestra relación). Me gusta que sigamos siendo amigos. Aunque siempre está muy ocupado (¿alguien me presenta un amigo con tiempo libre? estoy dispuesto a pagar) es una gran persona y vale mucho la pena, así que quise preparar un regalo original. Un poco de diseño, frikismo y Art-Attack y en poco tiempo lo tendré. Al menos, lo he hecho con ilusión.

El caso es que ahora mismo estoy sentado frente al ordenador, más solo que la una y sin nadie con quien charlar un rato. Nadie en el messenger, ni en los foros, ni en ninguna parte. Sólo basura en la tele… ¿puede ser algo más deprimente? Cómo me gustaría poder estar riéndome con alguien, con palomitas, una película… qué se yo. Pero no, no dejemos que este blog se llene de cosas malas, porque ya estoy yo bastante ido de la cabeza como paar exportar mi seriedad al mundo.

Te casas

PAULA. ¡Te casas, Dionisio!

DIONISIO. Sí. Me caso, pero poco…

PAULA. ¿Por qué no me lo dijiste…?

DIONISIO. No sé. Tenía el presentimiento de que casarse era ridículo… ¡Que no me debía casar…! Ahora veo que no estaba equivocado… Pero yo me casaba, porque yo me he pasado la vida metido en un pueblo pequeñito y triste y pensaba que para estar alegre había que casarse con la primera muchacha que, al mirarnos, le palpitase el pecho de ternura… Yo adoraba a mi novia… Pero ahora veo que en mi novia no está la alegría que yo buscaba… A mi novia tampoco le gusta ir a comer cangrejos frente al mar, ni ella se divierte haciendo volcanes en la arena… Y ella no sabe nadar… Ella, en el agua, da gritos ridículos… Hace así: «¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!» Y ella sólo ama cantar junto al piano El pescador de perlas. Y El pescador de perlas es horroroso, Paula. Ella tiene voz de querubín, y hace así: (Canta.) Tralaralá… piri, piri, piri, piri… Y yo no había caído en que las voces de querubín están llenas de vanidad y que, en cambio, hay discos de gramófono que se titulan «Ámame en diciembre lo mismo que me amas en mayo», y que nos llenan el espíritu de sencillez y de ganas de dar saltos mortales… Yo no sabía tampoco que había mujeres como tú, que al hablarnos no les palpita el corazón, pero les palpitan los labios en un constante sonreír… Yo no sabía nada de nada. Yo sólo sabía pasear silbando junto al quiosco de la música… Yo me casaba porque todos se casan siempre a los veintisiete años… Pero ya no me caso, Paula… ¡Yo no puedo tomar huevos fritos a las seis y media de la mañana…!

Ella

Ella hacía que el mundo pareciera cordial. Y de alguna manera, con ella, lo era. Hablaba con cualquiera en cualquier parte, en las tiendas de comestibles, en las colas para sacar entradas, en los restaurantes, haciéndoles hablar y escuchándoles con intensa concentración y partisanos estallidos de solidaridad. Mi madre no esperaba encontrar a la gente aburrida o mezquina; daba por supuesto que serían agradables e interesantes, y ellos notaban esta seguridad y en general se mostraban a la altura de lo que se esperaba de ellos.

[Wolff, 1989: 119]

El iluminado de medianoche

¡Hola!
Lo sé, son las doce. Hace tres cuartos de hora que he dicho que me iba a dormir, pero me he puesto a forrar una carpeta y de repente se me han pasado los minutos, uno detrás de otro. El caso es que este post tan repentino es porque creo haber visto la luz en el guión: voy a separar cronológicamente las escenas.

Es decir, la fábula (la historia, lo que cuento) no va a suceder ya en tres días seguidos, sino que empezará con un día, saltará adelante un mes o dos y contará otro poco, y después saltará quince días más y contará la huída de Pablo y su consiguiente liberación.

¿Será esto lo que me desatranque? ¡Ojalá! ¡Que los santos gamusinos del cielo me ayuden!

(Por cierto, esta tarde he puesto al día mi calendario de adviento comiéndome las dieciséis fichitas de chocolate que no me había comido… me encantan estos retrasos)

Cena de Navidad de Andén 1

Los tres apuestos vocales, posando con la urna-caja de zapatos en la que se
depositaron nuestros votos. Yo soy el que sonríe como modelo de telecupón.

Ayer salí. Ayer salí y bebí. Vino, muchas copas. No me gusta el vino, pero por probar, me piqué con Adri, pero a lo máximo que llegué fue a estar un poco mareadillo. No me gusta emborracharme ni la gente que sólo sabe divertirse así, aunque dentro de mi contradicción permanente, llevo tiempo queriendo beber hasta olvidar. Total, al final me he levantado hoy a las 9, fresco como una rosa y sin dolor de cabeza ni resaca. Lo peor ha sido el sueño… me he pasado la noche despertándome cada dos por tres, porque soñaba cosas horribles.

La cena ayer no estuvo mal. Nos juntamos los de la asociación para la junta anual y la cena de navidad. En la junta me reeligieron como vocal (lo cual no tiene mérito ya que éramos tres candidatos para tres vacantes, aunque hubo 13 personas que no confiaron en mí, lo que me llena de pena y me conduce al alcoholismo juvenil). La cena fue multitudinaria también, aunque al final estuvo mejor de lo que me esperaba. Y es que, queridos amigos, os diré la verdad: no tenía ninguna gana de ir a la reunión de ayer, pero estaba obligado como socio responsable y miembro de la junta directiva que soy.

No me gustan los lugares con mucha gente, me dan mal rollo. Soy de los que prefieren apartarse a un lado y estar con pocos de confianza. Además había otros motivos personales que, en definitiva, hacían que otras cosas (arrastrar una vagoneta de ñordos de vaca o darle un beso de tornillo a María Patiño) me apetecieran muchos más. Eso sí, tengo que reconocer que al final la cosa fue bastante bien, vi a mucha gente maja y en general fue divertido.

Algunos de ellos ya los veía por ahí aparte, con otros hablo por el messenger, y otros hacía mucho que no sabía de ellos (¡hay que tratar de conservar el contacto!). Y me llevé a casa una moraleja envuelta en papel de periódico, que siempre viene muy bien. Me gustan los consejos cuando el que te los da no lo hace por tirarse el pisto, sino porque de verdad le importas.

En definitiva, gracias a los que estuvísteis allí, sobre todo en el grupo de yogurines (no voy a nombrar gente porque siempre te olvidas de uno y el pobre se vuelve paranoico porque no sabe si lo has hecho aposta o es que eres un desastre, y se enfada contigo y al final estáis cinco años sin hablaros por una chorrada escrita en un blog dejado de la mano de Dios), en el que flotaban más kilos de hormonas in the air que de carne y pescado. Espero que nos veamos pronto.

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La navidad es una época para hacer locuras. Y quedan 8 días para que empiece.

Estoy bloqueado

Quería escribir más partes del guión, pero sólo me salen bazofias.

Pablo va a trabajar, aún no se le ha ocurrido irse de la ciudad y por eso no mira el otro tren:
Pablo comienza a no soportar a su compañera de trabajo, una inútil que está ahí por el físico:
Pablo trata de hablar con su novio Álex de cómo se siente, pero éste no le da importancia y pasa de él:

Me dan ganas de mandarlo todo a la basura. Llevo con esta historia en la acbeza años, y ahora que me siento como el protagonista (yo también estoy cansado de todo lo que me rodea), escriba lo que escriba me parece muy típico o tópico. No logro que sea natural. Tengo que darle más vueltas.

Orden judicial


Marge: Homer, no te lo tomes a mal, pero he obtenido una orden judicial que te prohíbe organizar la boda.
Homer: (lee)… Bueno, parece estar en orden. Voy a tumbarme en la hamaca.