Duna, dunera, cascabelera


Creo que tengo una extraña atracción por quienes pasan de mí, y no me refiero sólo a mis parejas. Sin ir más lejos, mi mascota es una gata. Duna.

Un gato es un animal doméstico porque vive en casa, pero el gato no hace vida de familia. Para Duna somos un fastidio, un mal menor con el que hay que convivir porque te dan de comer. Cuando me levanto por la mañana, Duna está tumbada en el sofá, y me mira con cara de fastidio… “ya tuvo que venir el pesado este a molestar”. Duna no es nada cariñosa, salvo en dos ocasiones: a la hora de comer (que para ella es cualquier momento en el que alguien entre en la cocina) y cuando está con su manta.

A la hora de comer, Duna maúlla. No pide comida, más bien la exige. Se frota cariñosamente, pone cara de gata buena, trata de dar lástima lamiendo el plato en el que ambos sabemos que no hay nada. Y cuando sacas su bote de comida (con un gato dibujado, lo que sorprendentemente no indica que vaya a cometer canibalismo, sino que es comida para gatos) se frota contra él y si puede, mete el hocico o la pata dentro, para que veas que sólo te necesita para que le acerques el bote, pero que podría comer ella sola.

Con su manta es algo parecido. A Duna no le caemos bien nosotros, le cae bien una manta que tenemos en el salón. Se acerca a ella y comienza a ronronear. Se tumba, la pisotea con cuidado y finalmente se duerme en ella. Pero tiene que ser su manta. No le valen las demás. Y por lo tanto, será amiga de quien esté usando la manta. Nos estamos planteando regalársela y comprar otra para nosotros, pero es que se notaría mucho que pasa de nosotros, y entonces ya más que un gato parecería un mueble que come homéricas cantidades de comida para gatos.

Duna exige salir cuando quiere, o se pone juguetona y recorre los dos pisos de la casa a velocidad del rayo, saltando de sofá en sofá y de mesa al suelo. Cuando viene gente a casa, ella pasa: no le gustan las visitas. Sale a la calle y se va a casa de algún vecino más solitario. Y sobre todo, no le gusta que le acaricien.

Y a pesar de todo, es mi gata y la quiero. Aunque pase de mí. Si es que al final va ser verdad que soy idiota.