Pryca también existió (y desapareció) en los 60


En un post anterior contábamos que hace 30 años ya existió la marca Carrefour en España, y que desapareció desde finales de los 70 hasta el año 2000. Pero… ¿y si complicamos la cosa un poco más? ¿Sabías que a la propia marca Pryca también le pasó algo parecido?

Antes de ser los grandes hipermercados que todos conocimos, Pryca (Precio y Calidad) nació como un gran supermercado… a mediados de los 60 en Madrid y Barcelona. De hecho, se anunciaban como “los mayores supermercados de Europa”.


Además, para mantener en expectación al público, Pryca publicaba en la prensa, antes de su inauguración, anuncios en los que sus proveedores presumían de serlo. Así, supimos que sus básculas eran de Dina; sus carritos y estanterías, de Metinsa… interesantísima información que cambiaría el rumbo de la España franquista. O en realidad no, pero bueno.

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De este Pryca de los 60, poco más se sabe. Llegaron a abrir otro supermercado más en Barcelona, pero de repente un día de 1968 nos encontramos un anuncio de ofertas en el que habían cambiado de nombre:


¿Por qué? Pryca se había arruinado. Sus deudas ascendían a 69 millones de pesetas de la época y entró en suspensión de pagos. Probablemente estos supermercados de nombre hortera (“Sucasa”… bufff) compraron sus locales, al menos los de Barcelona.

Y pasarían algo más de 10 años hasta que la marca Pryca volviese a ser un lugar donde hacer la compra, esta vez a tamaño gigante

Imágenes | Hemeroteca La Vanguardia

Más curiosidades de marcas:
– ¿Te imaginas que cerrase Telecinco?
– Carrefour ya estuvo en España… hace 30 años
– Pryca también existió (y desapareció) en los 60
– Tele SER, la tele que no fue de la Cadena SER
– Antena 3 quería ser tele a principios de los 80
– Cierra Carrefour y llega Continente. El mundo al revés en Portugal.

Carrefour ya estuvo en España… hace 30 años

A la mayoría, cuando nos hablan de Carrefour, nos vienen a la memoria los hipermercados Pryca y Continente, que se unieron bajo esta marca en el año 2000. Pero en España ya habían hecho su compra en un hipermercado Carrefour años atrás algunos catalanes.


Y es que en 1973, el grupo francés llegó a nuestro país con sus hipermercados, concretamente a Cataluña. Allí inauguraron un nuevo concepto que los españoles no conocíamos: un gran mercado en el que todo se podía comprar en una enorme nave industrial, sin cambiar de tienda. En medio de la carretera, pero con un enorme parking. Como el supermercado del barrio, pero a lo grande (y obligándote a ir en coche).


Sin embargo, quiso seguir extendiéndose por España y para ello se alió con el grupo Simago (¿recordáis los supermercados con este nombre?) y formaron la empresa Promotora de Hipermercados (lo que se dice imaginación, no es que le echasen al nombre, no). Por alguna razón, decidieron cambiar el nombre a estas grandes superficies. Ya no usarían el de la empresa matriz, sino uno más fácil de pronunciar para el español medio: Pryca, que es el acrónimo de… Precio y calidad.


Los viejos Carrefour cambiaron su nombre para adoptar el nuevo a principios de los 80… quizás sin imaginarse que veinte años después recuperarían su nombre y logotipo original.

Y atención, porque en el próximo capítulo veremos que la cosa se complica. Pryca tampoco era una marca nueva: también existió (y desapareció) en la España de los 60.

Imágenes | Hemeroteca La Vanguardia

Más curiosidades de marcas:
– ¿Te imaginas que cerrase Telecinco?
– Carrefour ya estuvo en España… hace 30 años
– Pryca también existió (y desapareció) en los 60
– Tele SER, la tele que no fue de la Cadena SER
– Antena 3 quería ser tele a principios de los 80
– Cierra Carrefour y llega Continente. El mundo al revés en Portugal.

La web de simyo también cambia de aspecto

La verdad es que los compañeros de la web han hecho un gran trabajo con el rediseño de la página de simyo:

Web anterior

Web nueva

Los cambios se han decidido tras un estudio de usabilidad que hizo una empresa. Un proceso muy curioso, que hacían con voluntarios en un ordenador especial que detecta a qué parte de la pantalla estás mirando, y esa información sirve para saber dónde situar cada elemento, etcétera.

Lo siento, pero…

No tengo ni idea de cuánto cuesta poner un anuncio en una revista. Tampoco sé (ni me importa) si Millán Salcedo es gay.

Siento que Google os traiga aquí cuando preguntáis estas cosas (!), pero a mí me daría rabia entrar en un blog y ponerme a buscar la información sin poder encontrarla. Ya os lo digo yo: no tengo ni idea, lo siento… pero gracias por venir. A lo mejor encontráis algo que os interese 😉

Federación de Victimistas


Leo en Público una entrevista a Ariane Sherine, la inventora del ‘bus ateo’:

Pregunta: ¿Cómo surgió la idea del bus ateo?
Respuesta: En Londres, el pasado mes de junio, vi autobuses con publicidad cristiana evangélica. El anuncio citaba frases de la Biblia e incluía la dirección de una página web donde se condena a todos los no cristianos a morir quemados en el infierno. Me alarmé. No podemos permitir que en pleno siglo XXI se atemorice a la gente con mensajes infundados. Decidí lanzar un mensaje positivo, racional y totalmente opuesto a las amenazas de los evangelistas.

Desde que me enteré de lo del bus ateo me pareció una buena idea. Creí que teníamos la suficiente madurez como para que nadie se ofendiese por ello, por una sencilla regla de tres. Si actualmente la parroquia de mi barrio, el centro religioso de la calle y unas cuantas señoras que me cruzo en la parada del bus van predicando la existencia de Dios con pancartas, folletos y revistas, ¿por qué iba a haber problema en que otras personas opinasen lo contrario?

En realidad, no es lo mismo. En la publicidad de los grupos ateos no se amenaza a quienes no compartan sus creencias. La Iglesia sí lo hace, con el Infierno o el rechazo. Hace cosa de un año, unas señoras muy amables me dieron una revista religiosa por la calle. Se lo agradecí, y al llegar a casa, leí con espanto que en ella se condenaba la homosexualidad, equiparándola al incesto o la zoofilia.

Puede que les moleste que les lleven la contraria… pero es que es natural. Yo no voto al PP, pero no me molesta que pongan anuncios electorales diciendo que ellos son el mejor partido para gobernar. Yo no bebo Coca Cola y me considero feliz, pero no me molesta que ellos prometan la felicidad a sus consumidores. Es lo que tiene vivir en libertad.

Me gustaría saber cómo reaccionarían a las mismas críticas que están profiriendo si se las hiciesen a ellos. Desgraciadamente, como decía Mauro Entrialgo el otro día, determinados grupos se llenan la boca pidiendo respeto y libertad cuando ellos son los primeros en no permitirlo. No creo que sea casualidad que grupos como la Cope, Jiménez Losantos o HazteOir se hayan casi apropiado de los conceptos de “libertad“.

Hemos llegado a una situación tan absurda que si no fuese grave daría risa. Expresar mis ideas es ofender a los católicos, que ellos expresen las suyas es libertad de expresión. Que yo tenga los mismos derechos (sin afectar a los suyos) es atropellarles, que ellos pidan públicamente que se me recorten es libertad de expresión. Y tenemos que estar calladitos o se ofenderán (ya hablé de ello hace tiempo).

Por ello propongo la creación de una federación en la que se integren todos ellos, todos los intolerantes (porque afortunadamente hay muchos religiosos y mucha gente de derechas tolerante, pero ello es tan de sentido común que no haría falta decirlo). Podría ser la Federación de Victimistas. Y he elegido un lema que les define por completo:

Celebrar la Navidad sin ser creyente

Una de las cosas que más he oído durante los dos últimos meses es la manida frase “si no crees en Dios, no celebres la Navidad“. Generalmente no hago mucho caso, pero la verdad es que me da miedo el hecho de que, al no contestar, quienes la pronuncian se crean cargados de razón y un argumento inapelable. No voy a entrar en el origen pagano de la Navidad porque me parece un debate bastante alejado y aburrido. Pero analicemos cómo una persona como yo podría no celebrar la Navidad estas fechas.

El primer argumento que suelen esgrimir son las vacaciones. “Mucho no creer en Dios, pero las vacaciones bien que te las coges”. Aquí habría que diferenciar las vacaciones escolares y las laborales.

Dejando de lado el absurdo que sería ir a la Facultad cuando no hay clases, pensemos en las vacaciones del trabajo. No sé en los demás, pero en la empresa en la que estoy yo cada uno dispone de una serie de días que gasta cuando quiere. Y en mi caso, lo lógico es gastarlos cuando también tengo vacaciones en la universidad, para tener días completos. Si no tuviese clases, puede que me cogiese las vacaciones en marzo, por ejemplo, para tener libre la semana de mi cumpleaños. O la última de febrero, que siempre me ha hecho mucha gracia el día 29. O lo juntaría todo para tener un porrón de tiempo en verano. No lo sé. En el caso de otra gente, supongo que los gastarán cuando mejor les encajen con las vacaciones de su pareja o hijos.

¿O también tenemos la culpa de que el calendario de fiestas esté influenciado por la religión? Eso no hace más que darnos la razón: la religión está demasiado presente en la vida pública.

A lo mejor puede que se refieran a que yo no debería tener derecho a esas vacaciones. Que los alumnos que no somos creyentes deberíamos acudir a clase, clases impartidas por profesores tampoco creyentes. Y en la empresa igual, no tener derecho a esos días. Supongo que esta solución les gusta porque sería una buena manera de atraer gente a la religión: “¡Si crees en Dios tendrás dos semanas más de vacaciones al año!“. Algo hay que hacer, cuando según las encuestas el número de creyentes no para de bajar. Y el de practicantes casi toca suelo.

Pensemos ahora en las cenas (Nochebuena, Nochevieja). ¿Por qué ceno con la familia en Nochebuena? Pues por la misma razón por la que acudo a los bautizos, comuniones y bodas religiosas: porque para ellos significan algo y sé que les hace feliz que esté con ellos, aunque para mí no signifique nada. Pero ver a la familia y cenar con ellos siempre es algo bonito. Sobre la Nochevieja, como no tiene nada de religioso, no comento nada. A mí me gusta, sobre todo porque hay que cenar rápido: a las 12 tienes que tener la boca llena de uvas. Algo tan freak me tenía que gustar.

Y llegamos a los regalos de Reyes. Pues qué quieres que te diga, es una tradición que me gusta, y me la quedo (de robar tradiciones también sabe mucho el cristianismo… ay, perdón, que he prometido no hablar de eso). Me hace ilusión regalar, comerte el coco y preparar algo. Los amigos invisibles, por ejemplo, me parecen una gran idea. Sin embargo, en el día del santo de alguien no regalo nada, ni siquiera lo celebro o me acuerdo de él.

Por lo tanto, seamos pragmáticos. Tenemos unas fechas en las que se engalanan las ciudades, la gente cena junta y se hacen regalos. ¿Se puede disfrutar de ellas sin ser creyente? Yo creo que sí. Las cosas van evolucionando, y la Navidad está tan arraigada socialmente que ya es un acontecimiento más, una excusa para cenar cosas ricas, ver a la familia, celebrar que llega un año nuevo y hacerse regalos. Sólo le quitaría la moñez de “ser mejores personas”, ¿por qué no serlo todo el año, porque sí, sin esperar a fechas?

¿Renunciarían los católicos a llamar por su nombre al martes porque ellos no creen en el dios Marte de la mitología romana? ¿Buscarían otra forma de referirse al mes en el que nos encontramos si para ellos el dios Janus no existe?