Se llama Matrimonio (y sí, es constitucional)

Llevo toda la tarde emocionado, nervioso, como los niños el día que venían los Reyes Magos. Posiblemente vaya a escribir esto a tropezones, con poca coherencia, pero quería compartir la alegría con todos. Hoy, el Tribunal Constitucional ha desestimado un recurso vergonzoso, el que uno de los principales partidos políticos del país puso contra la igualdad de derechos de todos los ciudadanos.

Decían que el matrimonio igualitario (no me gusta llamarlo matrimonio gay, porque no tengo un trabajo gay ni pago impuestos gay) iba a destruir la familia, sin darse cuenta de que lo que queremos es crear nuevas familias. Decían que la palabra matrimonio en el diccionario estaba descrita como una unión de hombre y mujer, sin pensar en que el diccionario refleja la realidad pero no la modela. Decían que pervertíamos la palabra, ignorando el derecho romano y algo tan básico como que las palabras evolucionan y ya nadie cobra su salario en sal. Que nos buscásemos otra palabra, cuando precisamente queríamos la misma palabra, porque no queremos ser diferentes. Queremos exactamente lo mismo, ni más, ni tampoco menos.

Los más jóvenes lo hemos visto como algo muy fácil, pero la lucha ha sido dura. Durante décadas aquellos que amaban de forma diferente a la mayoría tenían que esconderse, que disimular, e incluso desperdiciar una vida solo porque los demás no querían comprenderlo. En este país, hasta hace pocas décadas, se ha metido en la cárcel a alguien por besar a un hombre. Se les han sometido a electroshocks, a terapias de reeducación. Han tenido que soportar insultos sin poder defenderse, porque “hay que respetar a los demás”.

En este país aún hoy la homosexualidad es un tabú en muchos ámbitos. Y no hablo solo de los jugadores de fútbol o los ministros. Hablar a un niño de una pareja que se quiere y tiene hijos es lo más normal del mundo, pero si esa pareja es del mismo sexo no estás describiendo una realidad al niño, le estás adoctrinando.

Es hoy momento de recordar a todos los que lucharon porque llegara este momento. A los colectivos LGTB, a los activistas que protestaron en los juzgados por no poder casarse con su pareja, a los partidos que lo incorporaron en su programa a lo largo de los años 90, a los diputados que finalmente votaron la ley en 2005. A Celia Villalobos, que será lo que sea, pero se saltó la disciplina de voto del PP y votó a favor.

También recordamos al PP y a Unió Democrática de Catalunya (la U de CiU), que algún día, tal vez hoy, tratarán de borrar de la memoria colectiva el sentido de su voto aquel día. Un voto tan vergonzoso como quienes se oponían a que los negros utilizaran los mismos asientos del autobús y baños que los blancos, o a que las mujeres votasen. Recordamos a Aquilino Polaino, el experto invitado por el PP al Parlamento que dijo que los homosexuales éramos unos enfermos. A tantos y tantos obispos y curas que se han permitido insultarnos olvidando que sus opiniones deberían afectar solo a quienes forman parte de su club privado. A todos los que acudieron a las manifestaciones de la vergüenza y que espero que algún día quieran olvidar.

Hace ahora un año, unos amigos y yo creamos una campaña llamada Se llama Matrimonio. El objetivo era que todos los partidos que se presentasen a las elecciones de 2011 se comprometiesen a mantener este derecho sin cambios. No lo conseguimos: el PP no se comprometió a nada. Tenían que pensárselo, nos decían. Hoy sabemos que el matrimonio de todas las parejas, gays y heteros, es constitucional. El Gobierno ha afirmado que no cambiará la ley. Lo hemos conseguido. Todos.

Hoy, algunos familiares y amigos me han felicitado por mis derechos. Pero la felicitación es para todos, porque desde hoy vivimos en un país mucho más decente de ayer. Un país en el que todos tenemos los mismos derechos, ahora sí, sin recursos, sin pegas. Un país del que, en este sentido, nos podemos sentir orgullosos.

Está claro. Se llama Matrimonio. Y es constitucional.