Qué difícil es hablar en pasado de alguien que está tan presente.

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Hoy se cumple un mes de la muerte de mi padre. Aunque nunca fue muy religioso, a muchas personas que le querían les hacía felices dedicarle una misa, empezando por el propio cura que la ha oficiado, el padre Manolo. Uno de sus mejores amigos, alguien con quien le gustaba tanto hablar como discutir cariñosamente. De hecho, Manolo fue su última visita. Mi padre, ya sedado, esperó a morirse a la tarde del 5 de abril, a la hora en que había quedado con Manolo para tomar un café en casa.

Un tema que me ha hecho pensar siempre es el de la última vez que ves a alguien. Y desde que supimos que mi padre moriría, aún más. Me preguntaba cómo sería el último día con él, cómo serían nuestras últimas palabras. Qué nos diríamos.

¿Cómo puedes despedirte de alguien para siempre? No cabe en palabras todo lo que le hubiera dicho. Cabezón como siempre, mi padre decidió llevar la contraria a los médicos. Nos dieron tres a seis meses, y él se fue en dos semanas. Y me alegro. Me alegro de que se fuese como quiso. De que lo hiciese en casa, tranquilo, sedado, sin dolor, que era lo que él más temía.

La última vez que hablé con mi padre ninguno sabíamos que sería la última. Fue una despedida en la puerta de casa, yo me iba al metro y él salió a decirme adiós. Nuestra última conversación no fue memorable, ni llena de solemnidad, ni de palabras elegidas para grabarlas en la memoria. La última vez que vi a mi padre consciente se despidió recordándome que le tenía que llevar una llave inglesa que necesitaba para desmontar unas estanterías metálicas en la buhardilla, algo que quería hacer antes de morir. La llave de la foto que acompaña a esta entrada.

Mi padre se fue sin despedirse, como tampoco me lo presentaron al nacer. Porque alguien tan importante para una persona no necesita palabras para decir adiós. Mi despedida de mi padre son todos los buenos momentos que hemos pasado juntos estos 29 años.

El cáncer pudo con mi padre, pero tenemos la oportunidad de evitar que pueda con más gente. Nunca fui consciente de la gran labor de la Asociación Española contra el Cáncer, ya que eran mi madre o mis hermanas las que le acompañaban a quimioterapia. El día que nos dieron la peor noticia de nuestra vida, que ya no podían hacer nada por él, aprecié un lema que me dejó marcado: “Si crees que estás solo es que no nos conoces”. Los voluntarios de la AECC están en las salas de espera, repartiendo caldo caliente, café, tilas o infusiones a familiares y enfermos, o poniendo a su disposición recursos informativos o psicólogos.

Hoy ha sido la cuestación anual de la AECC, pero todos los días podemos poner un granito de arena para apoyar la investigación que ayude a detener el cáncer. Y creo que ese es uno de los mayores logros que podemos conseguir en nuestra vida. 50 céntimos, 5 euros o 50. Todo ayuda. Podéis donar aquí.