Categories
Uncategorized

La tendencia sexual de Pablo Alborán es mucho más importante que su talla de zapatos

Lo mío no es el cotilleo sobre cantantes, ni siquiera la música. Pero hoy el conocidísimo Pablo Alborán ha publicado un mensaje en sus redes sociales explicando que es gay, y por supuesto ha habido reacciones para todos los gustos.

Dejando de lado los homófobos, que no merecen que nos ocupemos de ellos, he leído entre gente que no tiene nada en contra de los homosexuales dos grandes grupos de críticas y me gustaría dar mi opinión sobre ellas.

El primer grupo son aquellos que dicen que esto llega tarde. El proceso de salir del armario es un tema muy personal, y no me quiero imaginar cómo debe ser cuando tu vida, tus apariciones, tus declaraciones, tus fotos y prácticamente todo lo demás está controlado por representantes, asesores de imagen y directivos de discográficas. Está claro que la España de 2020 no es la España de 1970 (ni la Rusia o Turquía de 2020, por no irnos tan lejos en el tiempo para encontrar homofobia), pero aun así no ha debido ser fácil y creo que lo mínimo que podemos hacer es respetar el proceso de cada uno.

A veces tenemos una cierta tendencia a castigar los comportamientos que deberíamos fomentar. Nos reímos de aquel que reconoce sus errores en vez de aplaudirlo, ridiculizamos a aquel que cambia de opinión tras valorar argumentos cuando deberíamos apoyarle, o humillamos a un niño recordándole su enfado cuando se le pasa y sale de su habitación para volver a la mesa a cenar. ¿No deberíamos dar todo nuestro apoyo a quienquiera que camine en la buena dirección, en vez de criticar la velocidad de su paso?

El segundo argumento es el de que la tendencia sexual de Pablo Alborán no nos importa, que es un dato personal más como su talla de pie, si es zurdo o su signo del zodiaco. Entiendo este razonamiento porque yo también lo he usado algunas veces en el pasado, pero últimamente le he dado muchas vueltas y creo que, aunque se usa con buena intención, no es justo.

Quienes lo usan defienden que no habría que darle tanta importancia a la tendencia sexual de una persona, y estoy de acuerdo con ellos en desear un mundo en el que no la tenga. Pero lamentablemente, vivimos en una sociedad en la que aún la tiene. Y mucha. No vivimos en una sociedad en la que aún haya adolescentes que oculten a sus padres que son zurdos, o en la que tener un 41 de pie pueda suponer perder el empleo o ser condenado a muerte en según qué países, o en la que la igualdad legal de las personas de un signo zodiacal se haya conseguido hace solo 15 años. Que Pablo Alborán no lleve fuera del armario desde siempre denota que no es tan fácil.

A mí también me gustaría vivir en un mundo en el que si te gustan los tíos, las tías o todos fuese un dato sin importancia más, pero lo cierto es que hoy por hoy, incluso en uno de los países más respetuosos con la sexualidad ajena como es España según los indicadores, esto sigue teniendo importancia. Y no importancia por el morbo de saber con quién dormirá Alborán esta noche, sino importancia en cuanto a la representación.

Cuando yo era niño y adolescente y comenzaba a darme cuenta de mi tendencia sexual, no había referentes. En el colegio todo lo que no fuesen relaciones hombre-mujer no salía en los libros de texto. En la tele, los únicos personajes gays eran Boris Izaguirre bajándose los pantalones en Crónicas Marcianas o los protagonistas de los chistes de Arévalo. No había nadie en quien yo me pudiera fijar para decir “soy como él”, o mejor dicho, “puedo ser como él”. No había nadie que me hiciese sentir que yo podía ser otra cosa más que un estereotipo.

Los gays, y aún más las lesbianas, bisexuales, transexuales y demás personas de tendencias e identidades no mayoritarias, no tenemos muchos espejos en los que mirarnos. Y por desgracia, incluso hoy aparecen representaciones LGTB+ que son tokens de relleno, que no tienen una verdadera personalidad definida y que se utilizan solo para rellenar la casilla de la diversidad. O peor aún, los personajes que se utilizan para atraer al público LGTB pero que nunca lo son abiertamente en sus ficciones. Nuestra representación siempre es un subtexto, una frase que se pueda interpretar, una mirada que solo entendemos nosotros, una mención en los encuentros con fans que nunca llega a plasmarse en la narrativa. Estamos cansados de esta representación de nuestra sexualidad como algo a esconder, como un conjunto de sobreentendidos y claves que nadie más conoce. Hay que abrir las ventanas y ventilar todo esto.

Porque con quién me acuesto, de quién me enamoro o qué hacemos en la cama es algo privado, pero mi tendencia sexual es parte de mi identidad, de mi socialización, y no sabéis lo agotador que es ocultarla. Nadie cree que un cantante “alardee de heterosexualidad” o que esté “exhibiendo algo privado” cuando habla de su novia o camina de la mano de ésta por la calle. El problema es que aún tendemos a pensar que lo normal es ser heterosexual, y todo lo demás, son desviaciones de la norma. Confundimos mayoritario con normal.

Si me tengo que quedar con una reflexión, sería con una muy parecida a la de Hansen: desde hoy, en muchas casas, habrá un adolescente gay inseguro que tendrá menos miedo de aceptarse como es y abrirse a los demás. Y de eso se trata.