La señalización de Metro y el reto del ascensor

Una de las cosas que más me gustan del Metro de Madrid es su  identidad visual, que a pesar de estar bastante maltratada, es muy simple y efectiva.

Concretamente, destaca por su calidad la señalización. Es simple, fácil de entender y prácticamente universal. Fue diseñada por Arcadi Moradell a principios de los años 80, y durante los últimos 40 años ha funcionado bastante bien sin necesidad de grandes cambios. Pocos diseños pueden decir eso.

El diseño del estudio de Moradell se basa en Helvetica (ahí ya tienen todo mi amor), iconos internacionales estilo Aiga y en el uso de cuatro colores muy diferentes como fondo de cada panel para marcar el tipo de información que da: azul (trayectos, correspondencias, estaciones), verde (salidas y entradas), rojo (prohibiciones, avisos) y gris (otra información). Esto permite que cada viajero pueda reconocer inmediatamente los paneles que son de interés para él según la etapa del viaje en la que se encuentre: entrando (verde), viajando (azul), saliendo (verde), con el gris y el rojo acompañando todo el camino según el contexto.

Y llegaron los ascensores

Como decía, desde 1982 el Metro de Madrid ha cambiado tremendamente y el buen hacer de Moradell se demuestra en que la señalización apenas ha necesitado adaptaciones. Sin embargo, hay algo que sí hubiera sido necesario replantear: los ascensores.

Hasta finales de los 90, apenas ninguna estación de metro contaba con ascensores. Eran algo opcional, que se instalaba cuando la obra lo permitía. No se consideraba necesario que el metro fuese accesible. Sin embargo, las leyes de accesibilidad mejoraron y desde hace un par de décadas es obligatorio que todas las nuevas estaciones dispongan de accesibilidad completa a personas con problemas de movilidad.

De modo que, ¿cómo señalizamos un ascensor siguiendo las normas que nos hemos impuesto para la señalización?

Poniendo verde al ascensor

La primera aproximación de Metro para señalizar los ascensores fue hacerlo como si de una salida se tratase, con un panel de fondo verde. Esto podía tener su sentido, ya que las primeras estaciones que dispusieron de ellos eran simples y solo comunicaban la calle con el vestíbulo y éste con los andenes.

Sin embargo, esta no parece ser la mejor opción. El ascensor es un medio, no un destino. Nadie va al ascensor, sino que va en ascensor a la salida, o a otra línea. Marcarlo en verde no aporta información ninguna sobre a dónde va. Y además, como sucede en el ejemplo de la imagen, no sabemos si el ascensor lleva a la salida, a la línea 10 o a ambos.

La tipografía comprimida a lo bestia es uno de los maltratos que se han hecho al diseño en los últimos años

En otras ocasiones, se señalizaba que el camino hacia una línea también tenía itinerario con ascensor, añadiendo su icono al estándar de correspondencia. Esta opción no está mal, pero presenta problemas cuando la ruta caminando y en ascensor no es la misma. ¿Cómo lo hacemos? ¿ponemos dos paneles de correspondencia, uno con icono y otro sin él?

Con la instalación de ascensores en estaciones antiguas en las que confluyen varias líneas aparecieron más problemas. Puede haber varios ascensores, unos que lleven a la salida, otros que lleven a un andén de una línea.

Como vemos en la imagen superior, Metro nunca tuvo muy claro cómo señalizar esto. ¿En azul, porque es una correspondencia? ¿en verde, que ya tenemos la costumbre de hacerlo así con los ascensores? No parecen buenas soluciones, y sobre todo, añaden mucho ruido visual a algo que debería ser reconocible de inmediato.

Nueva señalización de Metro

En los últimas semanas, Metro ha evolucionado esta señalización en la línea 8 del metro, la más frecuentada por extranjeros porque es la que lleva al aeropuerto y a los recintos feriales. Con la excusa de hacerla bilingüe, han acometido algunos cambios. Así es uno de los carteles más complejos de la red, el del andén de línea 6 en Nuevos Ministerios:

Como podemos ver, hay tres principales novedades respecto a las situaciones que habíamos visto hasta ahora: la información aparece en inglés también, los ascensores son medios para llegar a destinos y la información complementaria ahora aparece en blanco en vez de gris.

Sin duda no deja de ser un avance, pero creo que es una oportunidad desperdiciada para haber hecho algo mejor. No entiendo, por ejemplo, que para Metro adaptar algo a turistas sea añadir más texto en vez de simplificar con iconos, lo cual serviría tanto para gente que hable inglés como la que no, y reduciría el ruido visual. ¿De verdad hace falta poner “Ascensor/Lift” al lado del icono internacional de ascensor? ¿y Parking? El blanco, del mismo modo, me parece que le da mucho protagonismo a una información que no debería destacar sobre las demás.

Tampoco me convence que hayan pasado de un extremo de tener el ascensor como información de último nivel a este, en el que el mismo ascensor aparece tres veces. Como llevo diciendo todo el artículo, considero que es básico indicar dónde está el ascensor y a dónde nos conduce, pero no creo que sea bueno ponerlo en primer nivel de lectura. El ascensor es un medio de muy baja capacidad, cuyo uso además debería estar reservado a quienes lo necesitan de verdad. Darle la misma importancia visualmente que otra ruta puede ser perjudicial para la fluidez de la estación y para el mantenimiento de este elemento.

De modo que llegamos a un reto: indicar el ascensor en una estación de metro cumpliendo con las normas de la señalización corporativa (verde salidas, azul correspondencias…), que tenga en cuenta casos en que haya varios ascensores que lleven a un solo andén o que el ascensor esté en un camino distinto al resto de elementos, que sea lo más comprensible posible para personas que no hablen español y que no tenga tanto peso visual como la ruta principal. Vamos a lanzar algunas ideas:

Primera idea

La primera podría ser marcar, debajo de cada destino, su ruta accesible en un panel de media altura. Algo así:

Esta opción no termina de convencerme. Creo que añade mucha complejidad, porque, aunque sea con paneles de media altura, añade un elemento más a cada destino. Y alternar flechas grandes y pequeñas rompe mucho el ritmo visual.

Segunda idea

Vamos a una segunda opción. A veces Metro señala diferentes rutas para una salida, por ejemplo. Algo así:

La idea sería aplicar esta idea a los ascensores. Quedaría algo así:

De nuevo, esta opción no me termina de convencer. Es cierto que el uso de iconos puede ser útil para marcar la diferencia entre un camino con escaleras de piedra o mecánicas, pero creo que hace que todo sea más complejo y añade mucho ruido. Además, da mucha importancia al ascensor, y por mantener la estructura del cartel el tamaño de los iconos se ve obligado a variar mucho según si van solos o si tienen que convivir varios. No creo que sea la mejor opción.

Tercera idea

La tercera es mi favorita. Por un lado, analizamos el viajero que usa los ascensores. Se trata de alguien que los necesita, por lo que no es necesaria una señalización que los sugiera (como la de escalera mecánica), sino que podemos contar con que va a buscar motu proprio el camino accesible.

Por otro lado, volvemos a las normas de la señalización. Las salidas se representan en verde, los transbordos en azul y la información complementaria en gris (sí, voy a ignorar que ahora Metro quiere hacerlo en blanco porque como he dicho antes me parece un error). Podemos asumir que la existencia de un ascensor, sin especificar más, es información complementaria, gris por lo tanto. De modo que, ¿y si metemos los destinos del ascensor con sus colores correspondientes dentro de un panel gris? Algo así:

El panel se compone del icono de ascensor y un espacio para los destinos del mismo, que pueden ser otras líneas, salidas u otro equipamiento de la estación (bibliometro, atención al viajero…). Además, en caso de haber varios ascensores, por ejemplo, uno de ellos que llevase a un andén concreto, pueden convivir:

Con esta opción conseguimos agrupar por ascensor todos los destinos de cada ascensor, no dándole tanta importancia como a la ruta principal, pero manteniendo la información completa y el código de colores que asegura un reconocimiento inmediato.

Además, a diferencia de las dos anteriores soluciones, esto permite que el viajero vea de un golpe de vista si la estación es accesible. En las ideas 1 y 2 había que repasar cada cartel, aquí basta con mirar si existe el panel de ascensor.

Cuando tenía esta idea pulida (y un hilo en Twitter publicado), mi amigo Antonio me pasó una imagen de la señalización del metro de París en el que se ve una solución muy similar a esta:

No la conocía, pero me reafirma en que valdría la pena, al menos, considerarla. Aquí queda.

 

10 años en Twitter

El 2 de mayo de 2007 yo tenía 20 años recién cumplidos. Era un día aburrido y los exámenes se acercaban, así que decidí abrirme una cuenta de algo nuevo llamado Twitter, una especie de Messenger donde podías dejar mensajes que tus contactos leían aunque estuvieras desconectado. Aún no había retweets, ni siquiera replys. Y prácticamente nadie lo llevaba en el móvil.

10 años después, Twitter se ha convertido en una red social monstruosa. He debatido, me he informado, he promocionado lo que escribía, he hecho chistes, he encontrado trabajo y lo mejor: he conocido a algunas de las personas más importantes en mi vida. Y en ella se han quedado escritos 10 años de mi vida. La crónica de mis veintitantos.

He querido seleccionar algunos tweets divertidos, tristes, importantes o absurdos que he publicado a lo largo de estos años, para celebrar mi década en Twitter. No sé dónde estaremos el 2 de mayo de 2027, pero seguro que hay algún sitio donde contarlo.

Mi primer tweet

Idéntico al 99% de los primeros tweets de todo el mundo.

Cuando era figurante en la tele

Cuando no había replys y no estaba muy claro cómo decirle algo a alguien pero no pasaba nada porque solo te seguían 3 personas

Cuando lo importante de un móvil es que tuviese Bluetooth

Cuando en 2008 ya tenía las cosas claras

Cuando comencé mi primer trabajo de adulto…

Llevando las redes sociales en Simyo. Por aquel entonces lo de community manager sonaba a chino.

La gente me amaba.

Cuando lanzamos ecomovilidad

Cuando aún estaba estudiando

https://twitter.com/gamusino/statuses/15059984042

Mis apuntes eran lo más.

Cuando empezaron las malas noticias

https://twitter.com/gamusino/status/18502847440

Cuando me quejaba de El Canto del Loco

https://twitter.com/gamusino/status/108217014933397505

Cuando mi empresa se hundió y nos despidieron a todos

Un día os contaré la historia de cómo casi me hacen CEO.

Cuando empecé a trabajar en otro sitio

https://twitter.com/gamusino/statuses/198009928340877312

Cuando seguía pensando en El Canto del Loco

Cuando hice un fotomontaje y se volvió viral

El peor día

https://twitter.com/gamusino/statuses/717409927199858688

Cuando me fui a EEUU

Todo el mundo me dijo “hala, no seas racista, POR SUPUESTO que usan crema solar”.

https://twitter.com/gamusino/statuses/768730355830579200

Pues ejem.

https://twitter.com/gamusino/statuses/770867456160124928

Cuando decidí empezar a hablar de salud mental

Cuando empecé a hacer amigos lingüistas

 

Ir al psicólogo no es una locura

Escribí este texto originalmente para mis redes sociales. Desde que lo publiqué cientos de personas, sin exagerar, me han contactado para contarme sus experiencias, agradecerme el mensaje o lo que más ilusión me ha hecho: contarme que han decidido buscar ayuda ellos también. Eso es lo que me ha decidido a replicarlo aquí hoy 10 de octubre, día de la salud mental.

Voy a compartir con vosotros algo que generalmente suele ser un tabú. Pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que es necesario hacerlo, porque puede ayudar a más gente.

Desde hace unos meses estoy teniendo sesiones con un psicólogo. Llegó un momento en el que noté que algo no funcionaba dentro de mí, que iba a más y que yo solo no podía resolverlo. Y las circunstancias que me rodeaban tampoco eran las mejores para ello, la verdad. Charlando con un conocido, me dijo que estaba yendo a un psicólogo y le había ayudado mucho. Y al igual que no esperamos a que se nos caigan todos los dientes para ir al dentista, busqué ayuda profesional.

La verdad es que mi imagen de los psicólogos era la de las películas y los chistes: estar tumbado en un diván mientras un señor con chaqueta de coderas te escucha y anota cosas en una libreta. Y se duerme mientras hablas de tu vida y de tu relación con tus padres.

Siento la decepción, pero no tiene nada que ver. Al menos en mi caso, no sé si habré dado con el único psicólogo de Madrid sin diván. La cosa es mucho más interesante: es una especie de charla, o quizás entrevista, en la que él habla tanto como tú. Te pregunta cosas, le cuentas cosas, te hace hipótesis, te hace pensar… y hasta te pone deberes. Y habláis de cómo ha ido la semana y de cómo te has enfrentado a tus problemas, a la ansiedad… sin juzgarte para nada.

Para mí, lo que te aporta un psicólogo no son soluciones mágicas, sino una mirada externa en cosas que quizás sospechabas y no te atrevías a reconocer, o relaciones entre cosas que te suceden ahora y cosas que te marcaron hace años. A veces me dice cosas en las que jamás habría pensado y me doy cuenta de que tiene razón. O hace metáforas con las que entiendo mejor mi mecanismo mental. Es como ver una foto de ti mismo desde fuera, más imparcial que la de un amigo. Y como he dicho, no hay soluciones mágicas, pero sí algunas ideas y estrategias que puedes aplicar en tu vida cotidiana.

Nunca he querido que fuera un secreto que voy a terapia psicológica. Creo que es hora de derribar tabúes. Desde que se lo he comentado a mi círculo cercano he descubierto que cinco amigos también han acudido a un psicólogo en los últimos meses, y varios más se han interesado por mi experiencia y se van a decidir a dar el paso. Quizás yo no lo habría dado si no fuese porque, de casualidad, ese conocido lo mencionó. Y lo habría lamentado mucho, viendo lo bien que me va.

Así que aprovecho a decirlo aquí: si crees que lo puedes necesitar, no lo dudes. Para mí, las sesiones se han convertido en uno de mis momentos favoritos de la semana. Tanto cuando estoy en ellas como después, cuando doy una vuelta por el centro simplemente pensando en lo que hemos hablado. Y notar que vas mejorando semana a semana es una sensación muy positiva. No exagero cuando digo que es el dinero mejor invertido de mi sueldo.

Si crees que te puede ayudar, ni lo dudes. No te vas a arrepentir.

En el lado equivocado de la historia

Ayer fue un día triste para la igualdad. El Corte Inglés retiraba, presionado por la plataforma ultraconservadora Hazte Oír, un vídeo de su campaña de vuelta al cole en el que aparecía una pareja de dos hombres como padres de unos niños.

El anuncio era perfecto. Por una vez los gays nos podíamos ver reflejados en un momento cotidiano en el que nuestra sexualidad no era el centro de todo, ni ayudábamos a una amiga a decorar una casa, ni éramos representados solo como histriónicos jóvenes guapos y cachas. Era una escena que te sacaba una sonrisa. Era demasiado bonito para ser verdad. 21.000 firmas de personas ofendidas porque el anuncio “promocionaba la homosexualidad”, el vídeo desaparecía de Youtube. El Corte Inglés (en público) niega que haya presión alguna, aduce que la campaña había pasado y que no disponían de los derechos de la música por más tiempo.

Llegamos al punto en el que se juntan tantas incoherencias que hay que ir a desmontarlas una por una, y no me refiero a lo de que una tendencia sexual se pueda promocionar como si de una tarifa de móvil de tratase para conseguir más portabilidades. Para creernos la versión de El Corte Inglés habría que omitir el hecho de que muchas campañas pasadas siguen en su Youtube (las rebajas de este año y del anterior, la vuelta al cole del año pasado…), habría que creerse que una de las empresas más importantes del país comete la torpeza de comprar los derechos de una música durante solo un mes y, en definitiva, habría que no haber visto el anuncio en el que no hay una sola nota de música:

El vídeo se enmarcaba en una línea que había comenzado hace meses con unos vídeos para San Valentín en los que, por primera vez, aparecían parejas homosexuales. Guapísimos, jóvenes, cachas, pastelosos e intensitos, sí, pero a muchos nos llenó de esperanza que diese este paso una de las empresas más tradicionales, en todos los sentidos. Para conseguir la igualdad social que ya tenemos legalmente es imprescindible la visibilidad. Yo soy de los que piensan que, a principios de los 2000, una de los factores que más contribuyó a convertirnos en uno de los países más tolerantes con la diversidad sexual fueron la ley de matrimonio igualitario y los personajes gays y lésbicos de series como Siete Vidas, Hospital Central y Aquí no hay quien viva. Por primera vez protagonistas, sin ser clichés ni vivir un drama por su sexualidad.

Pero todo era una estrategia de pinkwashing. Como dicen en este acertado artículo del 20 Minutos, El Corte Inglés nunca se creyó la igualdad. Simplemente necesitaban parecer modernos porque su competencia (Amazon, sin ir más lejos) lo es. Si te crees la igualdad asumes que por hacer estas cosas un grupo de homófobos te van a presionar. Y no debería importarte. De hecho, qué carajo, deberías estar orgulloso de que quienes piensan así se enfaden contigo y dejen claro al mundo que no eres uno de ellos. Y esta es la diferencia entre ser algo de verdad y decir que eres algo. Como dice mi jefe, los principios no son principios hasta que no te cuestan dinero.

No acierto a entender por qué en 2016 una empresa decide alinearse con el que ya es obvio que es el lado equivocado de la historia. Y menos aún que sus responsables se excusen diciendo cosas como que “no tenemos posición política ni en un sentido ni en otro”. ¿Cómo se puede no tener posición? No estamos hablando de PP contra PSOE, estamos hablando de igualdad contra homofobia. ¿Tampoco tendrían posición en la segregación racista?

Si en 2016 una marca recibiera presiones para retirar un vídeo protagonizado por una persona negra, ni se les pasaría por la mente hacerlo. Lamentablemente, hoy en día la homofobia está aún mejor vista que el racismo.

En Anunciología, nuestro homenaje a un anunciante mucho más valiente:

Carta a un gamusino LGTB adolescente

Querido gamusino de 2003,

Sé cómo te sientes, así que vamos directos con las buenas noticias. El instituto es una mierda, sí, pero no es la vida real. A la mayoría de gente que hay ahí no les vas a volver a ver.

El instituto no es representativo de nada. En cuanto salgas de ahí vas a empezar a conocer un montón de gente nueva. Te atreverás a decir lo que eres en voz alta y ¿sabes? no pasará nada. Al principio sentirás la necesidad de decírselo a todo el mundo. Después, simplemente será algo natural. Y quizás sea porque tienes suerte, pero nadie se va a tomar mal que seas gay. En serio. Ni en la familia, ni en los amigos nuevos, ni en los amigos anteriores, ni en el trabajo. Hay mucha homofobia por ahí, pero vas a tener suerte y no te va a afectar a ti en primera persona.

El país también va a cambiar. No te lo creerás, pero en muy poco tiempo va a dar un cambio tremendo. Sé que ahora te sonará a ciencia ficción, pero en apenas dos años el matrimonio igualitario va a ser legalizado: todo el mundo podrá casarse con la persona a la que ama. Te vas a sentir orgulloso de ser español. Ah, y el PP va a estar en contra. Pero no te preocupes: en unos años habrán hecho semejante ridículo oponiéndose a ello que tratarán de taparlo como sea. Será divertido de ver, te lo aseguro.

En 2016 no está todo solucionado, por supuesto. Pero la sociedad ha cambiado mucho. Los personajes homosexuales aparecen en la televisión. Apoyar la igualdad de derechos está de moda y muchas empresas lo hacen, no sé si convencidas de verdad, pero al menos dan un mensaje positivo. La alcaldesa de Madrid (te explicaría quién es pero es que ni te va a sonar, aunque luego te enamorarás de ella. Recuerda, te escribo desde 2016, no cuentes la de 2014) participa en el Orgullo. Y hasta los chavales hoy en día se atreven a salir del armario en el instituto. Te va a dar un poco de envidia que ellos no tengan que mentir(se) durante años sobre lo que son.

No te voy a engañar: no todo es positivo. El daño que te están haciendo ahora te va a condicionar en muchos aspectos de tu vida, en cómo te relacionas con los demás, en la facilidad para confiar o para abrirte. Y no vas a olvidar los nombres y apellidos de quienes se ríen de ti y te insultan. Y tendrás ganas de vengarte, de hacerles algo malo. De perseguirles y devolverles todo el daño que te han hecho. Pero te lo pensarás mejor y concluirás que bastante tienen ellos con sentirse avergonzados de haber sido homófobos en una sociedad que empieza a considerarlo algo tan malo como el racismo.

No me entretengo. Te vas a enamorar (no va a servir de nada que te lo diga, pero trata de evitar a los heteros). Te van a romper el corazón. Te lo vas a pegar con superglú y te volverás a enamorar de nuevo. Estarás en pareja a veces, y otras veces estarás soltero y descubrirás que se está estupendamente también. Descubrirás lo interesantes que son los extranjeros, y lo pasarás bien y lo pasarás mal a ratos. Pero todo esto lo vivirás en un país mucho más tolerante que en el que vives ahora. Todo va a ser muy rápido: prepárate y disfruta. Yo estoy en ello.

Un abrazo muy fuerte desde 2016.

Fernando

PD: Aquella chica que te llamó maricón con desprecio saldrá del armario el verano después de segundo de bachillerato.

Post inspirado en este de Buzzfeed

Qué difícil es hablar en pasado de alguien que está tan presente.

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Hoy se cumple un mes de la muerte de mi padre. Aunque nunca fue muy religioso, a muchas personas que le querían les hacía felices dedicarle una misa, empezando por el propio cura que la ha oficiado, el padre Manolo. Uno de sus mejores amigos, alguien con quien le gustaba tanto hablar como discutir cariñosamente. De hecho, Manolo fue su última visita. Mi padre, ya sedado, esperó a morirse a la tarde del 5 de abril, a la hora en que había quedado con Manolo para tomar un café en casa.

Un tema que me ha hecho pensar siempre es el de la última vez que ves a alguien. Y desde que supimos que mi padre moriría, aún más. Me preguntaba cómo sería el último día con él, cómo serían nuestras últimas palabras. Qué nos diríamos.

¿Cómo puedes despedirte de alguien para siempre? No cabe en palabras todo lo que le hubiera dicho. Cabezón como siempre, mi padre decidió llevar la contraria a los médicos. Nos dieron tres a seis meses, y él se fue en dos semanas. Y me alegro. Me alegro de que se fuese como quiso. De que lo hiciese en casa, tranquilo, sedado, sin dolor, que era lo que él más temía.

La última vez que hablé con mi padre ninguno sabíamos que sería la última. Fue una despedida en la puerta de casa, yo me iba al metro y él salió a decirme adiós. Nuestra última conversación no fue memorable, ni llena de solemnidad, ni de palabras elegidas para grabarlas en la memoria. La última vez que vi a mi padre consciente se despidió recordándome que le tenía que llevar una llave inglesa que necesitaba para desmontar unas estanterías metálicas en la buhardilla, algo que quería hacer antes de morir. La llave de la foto que acompaña a esta entrada.

Mi padre se fue sin despedirse, como tampoco me lo presentaron al nacer. Porque alguien tan importante para una persona no necesita palabras para decir adiós. Mi despedida de mi padre son todos los buenos momentos que hemos pasado juntos estos 29 años.

El cáncer pudo con mi padre, pero tenemos la oportunidad de evitar que pueda con más gente. Nunca fui consciente de la gran labor de la Asociación Española contra el Cáncer, ya que eran mi madre o mis hermanas las que le acompañaban a quimioterapia. El día que nos dieron la peor noticia de nuestra vida, que ya no podían hacer nada por él, aprecié un lema que me dejó marcado: “Si crees que estás solo es que no nos conoces”. Los voluntarios de la AECC están en las salas de espera, repartiendo caldo caliente, café, tilas o infusiones a familiares y enfermos, o poniendo a su disposición recursos informativos o psicólogos.

Hoy ha sido la cuestación anual de la AECC, pero todos los días podemos poner un granito de arena para apoyar la investigación que ayude a detener el cáncer. Y creo que ese es uno de los mayores logros que podemos conseguir en nuestra vida. 50 céntimos, 5 euros o 50. Todo ayuda. Podéis donar aquí.

Sobre el cartel de Metro: el día que creé un fake sin querer

Actualización: En Radio Nacional me han entrevistado sobre el tema. Puedes escucharlo aquí.

Ayer estaba en el metro de camino a casa cuando vi una nueva campaña de publicidad de Metro de Madrid: se comprometen a reparar un montón de escaleras mecánicas en menos de 15 días. Qué casualidad: durante los últimos años hemos padecido escaleras mecánicas fuera de servicio durante semanas y semanas, y ahora que llegan las elecciones hasta una labor de mantenimiento técnico se anuncia con publicidad. Y remarcando lo de los 15 días en una especie de «excusatio non petita».

El caso es que me dio por hacerle una foto a uno de estos carteles…

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…y dedicarle 20 minutos de Photoshop para hacer que dijese lo que de verdad quería decir:

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Un mensaje exagerado, obviamente falso. Y así lo publiqué en mi Twitter:

La mayoría de la gente lo pilló al momento, se rieron y el mundo siguió girando. Al cabo de un rato, como me hacía gracia que hubiera gustado, compartí la versión original y volví a explicar que se trataba de un montaje.

Pero la foto ya era un éxito. Lo compartieron y la cosa se fue extendiendo y extendiendo… hasta que en unas horas había alcanzado los 100 RT. Luego los 500. Después los 1000. Y cuando me desperté al día siguiente, ya llevaba unos 3000. Y algunos pensaban que era verdad. Mi parodia se había convertido en un fake.

Esto habría quedado en una anécdota, el típico tuit que de casualidad se hace viral, si no fuese porque me ha enseñado algunas lecciones.

La primera es que si dices lo que la gente quiere oír, muchos se lo creerán. De verdad, este cartel era imposible de creer. Metro es un arma electoral obvia, pero ni por esas admitiría en un cartel que solo les preocupa su red cada 4 años y que sus directivos van en coche a trabajar. El caso es que muchos dieron por hecho que era verdad porque lo estaban viendo, sin plantearse el sentido del mensaje ni que pudiera ser un montaje. A todo el que se molestó en preguntar le aclaré que era mentira.

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La segunda es que si haces algo que tiene un mínimo éxito, siempre va a haber alguien que se lo apropie. Y por apropiar entiendo publicarlo sin aclarar que no es tuyo ni decir de quién es. Por mi propio timeline se han cruzado decenas de tuits de otras personas con mi montaje sin citar fuente, ni siquiera diciendo que era falso. Existe la creencia en internet de que lo que circula por ahí no es de nadie, cualquiera se lo puede apropiar, “es de internet”. Entiendo que en el caso de otros materiales sea difícil precisar quién lo creó o publicó, pero esto empezó a suceder a las pocas horas de publicarse originalmente. No se trata de algo que lleva años rodando boca-oreja y ya es imposible saber de quién es. Es simplemente que hay gente a la que le llega un contenido original en un tuit, deciden quedárselo y difundirlo desde su propia cuenta, como diciendo “mirad lo que acabo de ver en el metro”.

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Por supuesto, yo no vivo de esto. Me da bastante igual. Como si lo quieres imprimir y colgar en tu casa, es una chorrada y no tengo ningún afán de protagonismo por algo que la semana que viene no va a recordar nadie. Pero me parece un fenómeno curioso esto del “como está en internet no es de nadie”. Siempre he sido partidario del copyleft: de hecho, mis blogs ecomovilidad.net y Marca por hombro están en Creative Commons, pero eso no significa que te lo puedas quedar y presentarlo como tuyo.

El culmen del morro de esto ha sido el sitio de humor Señoras Que, donde Carlos Valladolid lo ha publicado, por supuesto sin citar la fuente ni pedir permiso al autor, como “cartel real visto en el metro”. Le doy todos mis ahorros y la custodia de mi gato al tal Carlos si me demuestra que a) es real y b) lo ha visto en el metro. Vamos, que me como el PSD con patatas.

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La tercera, y más preocupante, es que es extremadamente fácil colar un fake. En este caso se trataba de una chorrada, un photoshop que a la mínima que te fijes es bastante evidente (por favor, mirad la frase de abajo del todo, ni siquiera ajusté el tono de negro). Y aun así mucha gente ha creído que era verdad. Pero es que lo he llegado a ver difundidos por periodistas, publicado en páginas web, en cuentas de partidos políticos (ignoro si oficiales o de simpatizantes) e incluso inventándose cosas como que era una campaña de viajeros cabreados o que alguien de dentro de Metro había saboteado el cartel al colocarlo o qué se yo:

El cartel que le han colado a Metro de Madrid Amenzing

Esto es lo que me parece peligroso: la gente que nos informa, la gente que milita en partidos que aspiran a gobernar, en vez de plantearse una mirada crítica y escéptica dan credibilidad a todo lo que concuerde con sus ideas. Y eso me da pánico, sinceramente.

El bonus track: a media mañana un amigo que trabaja en Metro me ha escrito diciéndome que la dirección de la compañía ha puesto a algunos trabajadores, jefes incluidos, a buscar el cartel y arrancarlo. Espero que a los pobres les dejen volver a casa aunque no completen la misión.

Así se cobraba con tarjeta de crédito en los 80

¿Alguna vez te has preguntado por qué las tarjetas de crédito llevan el número y el nombre del titular en relieve? Es cierto que ya hay muchas que no, pero en su día era un requisito indispensable. Y es que aunque los nacidos a fines de los 80 no lo hemos llegado a conocer, hubo una época en la que cobrar con tarjeta no se parecía en nada a lo que se hace hoy.

Mis padres están cerrando una tienda de electrodomésticos que abrieron en los 80, y allí he encontrado esta reliquia que os enseño hoy: la bacaladera.

Cuando en los 80 alguien quería pagar con tarjeta de crédito, el proceso era el siguiente. En primer lugar, se le pedía la tarjeta y se comprobaba que no fuese robada. ¿Cómo? Con el Boletín de Tarjetas Anuladas, una publicación en la que se recogían todos los números de serie de tarjetas dadas de baja, extraviadas y robadas. Si la tarjeta aparecía en el boletín, el comerciante debía quedársela y avisar de ello al Centro de Autorizaciones, que le recompensaría con 10.000 pesetas.

También era necesario llamar a este Centro si el cliente quería hacer una compra superior a 10.000 pesetas (el “límite de consulta”), o si -tal y como recomienda el propio boletín- el cliente no tenía identificación, era demasiado joven como para hacer un gasto muy grande o su comportamiento era sospechoso.

Si todo estaba en orden, la tarjeta se colocaba en el lugar indicado de la máquina (para la foto yo he colocado una mía, la única que tengo con números en relieve). Encima se ponía un formulario donde se apuntaba todo lo que el cliente había comprado y el importe total.

Y con todo ello ajustado, se movía el rodillo (la pieza azul) de izquierda a derecha, haciendo que el número de tarjeta y los datos del titular y del comercio quedasen grabados gracias a la magia del papel carbón en las tres copias del recibo: una para el cliente, otra para el banco y otra para el establecimiento.

Obviamente, en esa época de comunicaciones prehistóricas, el cargo no constaba al banco hasta el día siguiente, cuando el honrado comerciante se acercaba a su sucursal a llevar todos los recibos del día anterior.

Por lo tanto, cuando hoy en día nos parezca lento el proceso de pagar con tarjeta (introducirla en el terminal, esperar el OK del banco y en ocasiones introducir el PIN) podemos consolarnos pensando que hace 30 años era mucho más pesado para vendedor y cliente.

Cariño, he agrandado a Los Serrano

Entre el primer y el último capítulo de Los Serrano (Telecinco) pasaron cinco años. Sin embargo, a los guionistas les apeteció acabar la serie con un Deus ex machina por el que a mí en la carrera me hubieran suspendido un trabajo de guión haciendo que el protagonista se suicide en el último episodio y despierte en el primero: ¡todo había sido un sueño!.

Claro, que para ello, había que volver a grabar cinco años después una de las primeras secuencias del primer episodio. Y si bien técnicamente no es muy complicado porque transcurría en un decorado muy recurrente (la cocina de la casa), sí plantea algunas complicaciones con los actores. Empezando porque tres de ellos habían dejado la serie y Verónica Sánchez no quiso volver (su personaje se pasa toda la secuencia en el baño) y el pequeño detalle de que en un lustro los tres niños se habían convertido en tres adolescentes.

Y aunque la labor de peluquería hizo lo que pudo y en vestuario fueron capaces de encontrar la misma ropa (en varios casos) que llevaban en aquel primer episodio, el tiempo no perdona. Veamos una comparativa que he hecho aprovechando que en SeriesYonkis está colgado el primer capítulo y que acaban de emitir el último en FDF:

Marcos

Teté

Guille

Curro

Tío Pepe

Me gusta hacer fotos a cosas que no vamos a volver a ver. Como los antiguos locales abandonados del edificio del Tío Pepe de la Puerta del Sol, donde pronto habrá una enorme Apple Store.