El pequeño comercio y la libertad de horarios

Estos días mis padres andan algo más deprimidos de lo normal. La temporada navideña no ha sido especialmente buena para la tienda de electrodomésticos de la que son propietarios, y a eso se suma la polémica ley de liberalización de horarios comerciales que va a entrar en vigor en Madrid.

Esta nueva ley permitirá a cualquier comercio, sea cual sea su tamaño, abrir cuando lo desee, las 24 horas del día, cualquier día de la semana. Hasta ahora, si no tengo mal entendido, ya existía esta libertad para los comercios pequeños, mientras que los grandes podían abrir hasta cualquier hora pero no los domingos (salvo los autorizados). Por eso Carrefour e Ikea ampliaron en verano su horario hasta las 11 de la noche.

La verdad es que no tengo una opinión muy firme sobre esta ley. Veo cosas positivas y cosas negativas. A ver si escribiendo esto me aclaro un poco.

Argumentos a favor y en contra

Quienes defienden esta reforma afirman que prohibir a los comercios que quieran hacerlo abrir un día determinado a la semana es injusto y absurdo, teniendo en cuenta que otros canales (principalmente las ventas online) no dejan de vender en domingo. Sostienen que abrir los domingos permitirá a mucha gente que trabaja de lunes a sábado hacer sus compras con más comodidad y aumentará el número de transacciones, lo que mejorará la situación de las empresas.

Los pequeños comerciantes se oponen a esta ley. Sostienen que está hecha para beneficiar a las grandes superficies, que son las únicas que pueden permitirse abrir un día más a la semana sin que suponga un problema para sus cuentas: redistribuyen los turnos de algunos de sus cientos de empleados y listo. Sin embargo, si mis padres quieren abrir en domingo sólo tienen dos opciones: contratar a alguien o trabajar todos los días de la semana sin descanso.

Ambas son dos opciones casi imposibles. Trabajar todos los días de la semana es imponer a mis padres un régimen de esclavitud para dos personas que llevan 45 años trabajando de lunes a sábado, más algún que otro domingo en el que aprovechan para hacer papeleo, pintar u ordenar la tienda.

La opción de contratar a alguien para que se encargue de la tienda los domingos parece más razonable, pero no es posible económicamente. El coste de mantener un empleado (no sólo sueldo, sino también la seguridad social) aunque sólo sea para cuatro días al mes es demasiado alto para las posibles ganancias que daría abrir los domingos.

Bueno, podréis decirme, nadie obliga a tus padres a abrir los domingos, pueden quedarse como están. El problema vuelve a ser la competencia: está claro que si El Corte Inglés o Carrefour pueden abrir un domingo, lo harán, no en vano llevan años presionando para conseguir leyes como estas. ¿Y qué sucede si tu competencia abre pero tú no? Estás perdiendo dinero. La demanda se redistribuye porque mucha gente que hacía las compras entre semana pasará a hacerlas en domingo. Es decir, la caja de lunes a sábado bajará, y en una pequeña tienda que está capeando la crisis a duras penas, eso puede ser una estocada mortal.

¿Hace falta el pequeño comercio?

Así es el capitalismo, no hay que poner barreras al libre comercio. Si el pequeño comercio no puede adaptarse a la realidad, tal vez tenga que desaparecer. Pero no puedo tragar con eso. Hablando en términos económicos, el pequeño comercio ofrece muchas externalidades positivas. Las calles con tiendas invitan a pasear a los vecinos por ellas, y está demostrado que eso las hace más seguras, además de agradables. Además, el comercio de proximidad reduce la necesidad de desplazamientos, lo que se traduce en menos gasto energético, contaminación y embotellamientos, por no hablar de que son una oportunidad para muchos de crear su propia empresa y ofrecer empleo a los demás.

Además, si el pequeño comercio desapareciese, nuestras calles no solo serían más fantasmales y feas, no sólo nos veríamos obligados a conducir hasta un centro comercial para comprar un paquete de yogures. El mercado estaría en manos de muy pocas empresas, un oligopolio con capacidad para controlar qué se vende y qué no, y sobre todo, a qué precio. Todas las empresas tienden a maximizar su beneficio, ¿por qué mantener precios bajos cuando tus competidores son tan reducidos?

Las grandes superficies nunca han tenido problemas en invertir dinero para destruir al pequeño comercio. Hasta que se prohibió, era práctica habitual ofrecer agresivas ofertas en un determinado producto, que se vendía por menos de su coste. Sí, el hipermercado perdía dinero en ese producto concreto, pero lo recuperaba con creces porque la gente aprovechaba su visita impulsada por este gancho para hacer la compra allí. Ventas que perdían las tiendas del barrio, que no podían aguantar esta situación durante mucho tiempo. El gran músculo financiero de las grandes superficies les permite perder dinero un tiempo si ello supone menos competencia en el futuro.

Por lo tanto, proteger el pequeño comercio es defender la libertad del consumidor tanto como permitir la apertura cualquier día.

No es justo poner barreras artificiales

Pero volvamos al tema de los horarios comerciales. No creo que sea justo tampoco imponer una barrera artificial como la de que los domingos (o cualquier otro día de la semana) esté prohibido vender. No sólo porque es absurdo en el libre mercado, sino porque como decíamos antes, no es complicado ver que es imposible de aplicar al 100%. Las tiendas online o algunos centros comerciales abren todos los días del año amparándose en una u otra ley que se ajusta a sus intereses (por ejemplo, el centro comercial Príncipe Pío no cierra porque una norma permite abrir los domingos a las tiendas que se encuentran en estaciones de tren). Además, si abrir los domingos mejora la calidad de vida de muchos consumidores que no tendrán que comprar a toda prisa al salir por la tarde de su trabajo, no me parece mal. Imponer una limitación así es como si en una carrera, a uno de los corredores se le obligase a correr más despacio.

Pero el libre mercado no tiene en cuenta las externalidades positivas que genera el pequeño comercio. Soy un convencido, por las razones que puse antes y muchas otras, de que merece la pena evitar que cierre el pequeño comercio. Pero creo más en ayudarle a competir que en poner palos en las ruedas a los grandes. Si en vez de obligar al corredor más rápido a correr lento, ayudamos al menos fuerte adelantando su marca de salida, conseguiremos dos atletas dando lo máximo de sí mismos y todos nos beneficiaremos de ello. No se trata de regalar nada a nadie, sino de impedir una situación perjudicial para todos.

En el caso de los horarios comerciales, los esfuerzos deberían ir encaminados a que una tienda pequeña pueda abrir los domingos sin que ello suponga su ruina o el suicidio de sus agotados propietarios. Algún experto en estos temas podrá proponer cosas mejores, pero se me ocurren ayudas a la contratación de nuevos empleados, ventajas fiscales… lo que está claro es que una ley de liberalización de horarios sin más sólo beneficia a los grandes. Y a la larga, va a ser malo para los consumidores.

El pequeño comercio tiene muchos problemas y éste es sólo uno de ellos. En los próximos años tendrán que reinventarse y quitarse muchos vicios del pasado, pero creo que tampoco es justo dejar que desaparezca. Porque lo echaremos de menos todos.

6 thoughts on “El pequeño comercio y la libertad de horarios”

  1. Ya te lo comenté por Twitter cuando salió todo esto: creo que es una oportunidad para el pequeño comercio de racionalizar sus horarios. Evidentemente, no pueden abrir todos los días, eso sería injusto para cualquier trabajador, pero, ¿por qué no hacen un pequeño estudio de mercado? Poco más que ver qué días venden menos, y cerrar esos días. Quizá los días de cerrar sean los martes, como los museos. O abrir sólo 2 mañanas, de lunes a viernes. Yo compro menos en el pequeño comercio porque en general no llego a casa antes de las 20.00. Y a esas horas sólo me queda el Alcampo o el Mercadona (y éste último ni eso, que cierra a las 21.15 y hay días que no me da tiempo).

    Y es que hasta los bares, otro tipo de pequeño comercio, suele cerrar un día a la semana, pero nunca los domingos, a no ser que estén ubicados en polígonos industriales, con una fuerte demanda de lunes a viernes, y ninguna los fines de semana.

    Entiendo que al principio pueda generar rechazo, porque va contra el paradigma establecido, pero creo que a la larga puede ser mejor para el pequeño comercio, para los consumidores y para la sociedad en general.

    En fin, mucho ánimo para tus padres y para todo el pequeño comercio 🙂

    Un saludo,
    Marta

  2. La verdad es que somos un poco idiotas. El pequeño comercio es mucho más cercano y los profesionales que encuentras en muchas tiendas están mejor preparados para atender a la gente que entra que en las grandes superficies.
    Creo que las cosas caerán por su propio peso y nos daremos cuenta de que esta ley va a ser un error. Va a haber empleados sobreexplotados y quemados o escasamente experimentados que auyenten a una persona a acudir a Ikea y esa persona termine por acudir a la tienda de muebles del barrio cuando vuelva a necesitar un cama.

  3. Tienes razón Fer, si estas medidas no vienen acompañadas de otras como las de tener ayudas a la contratación de nuevos empleados o ventajas fiscales y cosas similares encaminadas a cubrir los horarios excesivos con más gente, la liberización de horarios no tiene ningún sentido.

  4. Yo estoy un poco como tú. Entiendo la parte positiva del pequeño comercio (de hecho, me parece tan estúpido tener centros comerciales que imiten a calles…) pero vivimos en un mundo diferente al de hace 50, 30 o incluso 10 años.

    Quizá el pequeño comercio deba buscar soluciones comunes. Quizá “compartir” a ese trabajador que haga sólo un día a la semana. Quizá cerrar entre semana algún día o por la mañana (cuando el grueso de clientes estamos trabajando). Y también empezar a pensar en vender por internet, en añadir algo de valor a hacer la compra ahí (mejor atención, condiciones más humanas, recomendaciones personalizadas… algo).

    Hay que asumir que hay que cambiar. Eso es lo primero. Y a partir ahí, lo demás.

  5. Lo que dice Marta de abrir los domingos y cerrar por ejemplo los martes está muy bien a priori. En los hogares “modernos” donde trabajan tanto el padre como la madre ya nadie puede ir a comprar un martes por la mañana y sí un domingo. Sin embargo… ¿no tienen derecho los pequeños comerciantes a disfrutar de su vida en familia con sus hijos (que no tienen colegio el sábado y el domingo?.

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