Equilibristas

Lo duro de ser equilibrista no es sólo pasear por esa cuerda flácida, en la que sabes que cada paso tiene que estar medido al milímetro. Lo duro es pensar que entre la gente que te está viendo hay muchos que desean con todas sus fuerzas que caigas. Que des un mal paso, que se te vaya el impulso hacia delante, que caigas a la red.

Y, a veces, mientras caminas ahí arriba, miras al público y entre las caras de incredulidad y emoción les encuentras a ellos. Y piensas que a lo mejor tienen razón, que ir por una cuerda haciendo equilibrios no sirve para nada y que lo mejor que puedes hacer es tirarte y dejar que la red se ocupe de ti, y dejar paso a cosas más útiles como el domador de leones o el mago.

Y recuerdas cuánto te costó aprender a hacer esas cabriolas, y la de veces que te caíste intentando mejorar el número, que cada semana incorporabas un nuevo giro, un nuevo reto para sorprender al público.

En ese momento puedes dejarte caer y dejar que el espectáculo continúe, o terminar tu truco y sorprender incluso a los que no confiaban. Y a veces eliges una cosa, y otras veces la otra.

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