Ir al psicólogo no es una locura

Escribí este texto originalmente para mis redes sociales. Desde que lo publiqué cientos de personas, sin exagerar, me han contactado para contarme sus experiencias, agradecerme el mensaje o lo que más ilusión me ha hecho: contarme que han decidido buscar ayuda ellos también. Eso es lo que me ha decidido a replicarlo aquí hoy 10 de octubre, día de la salud mental.

Voy a compartir con vosotros algo que generalmente suele ser un tabú. Pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que es necesario hacerlo, porque puede ayudar a más gente.

Desde hace unos meses estoy teniendo sesiones con un psicólogo. Llegó un momento en el que noté que algo no funcionaba dentro de mí, que iba a más y que yo solo no podía resolverlo. Y las circunstancias que me rodeaban tampoco eran las mejores para ello, la verdad. Charlando con un conocido, me dijo que estaba yendo a un psicólogo y le había ayudado mucho. Y al igual que no esperamos a que se nos caigan todos los dientes para ir al dentista, busqué ayuda profesional.

La verdad es que mi imagen de los psicólogos era la de las películas y los chistes: estar tumbado en un diván mientras un señor con chaqueta de coderas te escucha y anota cosas en una libreta. Y se duerme mientras hablas de tu vida y de tu relación con tus padres.

Siento la decepción, pero no tiene nada que ver. Al menos en mi caso, no sé si habré dado con el único psicólogo de Madrid sin diván. La cosa es mucho más interesante: es una especie de charla, o quizás entrevista, en la que él habla tanto como tú. Te pregunta cosas, le cuentas cosas, te hace hipótesis, te hace pensar… y hasta te pone deberes. Y habláis de cómo ha ido la semana y de cómo te has enfrentado a tus problemas, a la ansiedad… sin juzgarte para nada.

Para mí, lo que te aporta un psicólogo no son soluciones mágicas, sino una mirada externa en cosas que quizás sospechabas y no te atrevías a reconocer, o relaciones entre cosas que te suceden ahora y cosas que te marcaron hace años. A veces me dice cosas en las que jamás habría pensado y me doy cuenta de que tiene razón. O hace metáforas con las que entiendo mejor mi mecanismo mental. Es como ver una foto de ti mismo desde fuera, más imparcial que la de un amigo. Y como he dicho, no hay soluciones mágicas, pero sí algunas ideas y estrategias que puedes aplicar en tu vida cotidiana.

Nunca he querido que fuera un secreto que voy a terapia psicológica. Creo que es hora de derribar tabúes. Desde que se lo he comentado a mi círculo cercano he descubierto que cinco amigos también han acudido a un psicólogo en los últimos meses, y varios más se han interesado por mi experiencia y se van a decidir a dar el paso. Quizás yo no lo habría dado si no fuese porque, de casualidad, ese conocido lo mencionó. Y lo habría lamentado mucho, viendo lo bien que me va.

Así que aprovecho a decirlo aquí: si crees que lo puedes necesitar, no lo dudes. Para mí, las sesiones se han convertido en uno de mis momentos favoritos de la semana. Tanto cuando estoy en ellas como después, cuando doy una vuelta por el centro simplemente pensando en lo que hemos hablado. Y notar que vas mejorando semana a semana es una sensación muy positiva. No exagero cuando digo que es el dinero mejor invertido de mi sueldo.

Si crees que te puede ayudar, ni lo dudes. No te vas a arrepentir.