La noche de la Marmota

La noche del último sábado de octubre es la que más miedo me da de todas. Y no sólo porque cientos de personas llenen las calles con disfraces del todo a 100 para que les den chupitos gratis en algún bar de copas del extrarradio, sino por algo muchísimo más grave: esa alteración del espacio-tiempo que es el cambio de hora. Bueno, sólo alteración del tiempo, pero es muy grave.

Y es que generalmente no somos conscientes de los peligros que implica este proceso. “Es para ahorrar energía” nos dicen, y claro, estamos todos tan entusiasmados con la idea de comenzar a ahorrar energía como locos que no nos paramos a pensar en que esta noche, a las tres de la mañana, volverán a ser las dos. Pero un rato después volverán a ser las tres. ¿Y si entramos en un bucle y vuelven a ser las dos? Y así una y otra vez, atrapados entre las dos y las tres de la mañana para siempre.

Sería horrible. Entre las dos y las tres no hay nada digno en la tele. Nos pasaríamos la eternidad con unos canales en los que sólo habría tarotistas y teletienda. Aunque bueno, prácticamente en eso consiste la TDT, ¿no?

Tampoco tendríamos qué comer: entre las dos y las tres de la mañana no hay nada abierto. Ni siquiera los chinos o el telepizza. Los únicos establecimientos abiertos a esas horas son los bares de copas, que además estarían llenos de gente disfrazada de mamarracha de Halloween. Nos pasaríamos la eternidad con los gintonics y chupitos como único alimento. Sólo sobrevivirían Massiel y Ortega Cano.

Así que mucho cuidado esta noche al cambiar la hora. Sobre todo, porque si entramos en un bucle, no podrías alertar a nadie por teléfono: ya se sabe que esas no son horas de llamar a una casa decente.