Otro post para contar mi vida

Es absolutamente preciosa.

Mi casa parece ‘Los Otros’: no se puede abrir una puerta sin haber cerrado la anterior. Y no porque mi hermana y yo tengamos fotofobia (sólo un poco, y además no somos taaaan mooonos como los niños de la peli). Se trata de mi gata Duna.

Duna es un cachorrito, y le encanta jugar. Corre muy rápido, y le gusta explorar el vecindario. Pues bien, el otro dia se fue de casa y se paseó por el patio de una vecina, y según ella se metió incluso en su casa. Un gato que mide veinte centímetros y no levanta un palmo del suelo, y que huye en cuento das un pisotón con ruido. Pero eso bastó para que la vecina-amargada (a la que llamaremos VAH, vecina-amargada-hijaputa) echase una bronca a mi hermana. Mi madre, para evitar problemas con los vecinos (el que menos está como una cabra y el que más es padre de familia de una saga de delincuentes mafiosos) ha decidido que la gata no salga más de casa y que le busquemos otros dueños.

Podéis imaginaros cómo me encuentro… llevaba años deseando tener un gato, por fin llega y ahora hay que dárselo a otra persona porque no se lleva bien con los vecinos. Vecinos a los que nosotros, eso sí, tenemos que aguantar gritos, perros que ladraban, respetar su sitio de aparcamiento, que cotilleen todo lo que quieran… por mi parte les iban a dar bien y me quedaba con la gata, pero tenemos miedo de que le hagan algo. Conozco amigos a los que sus vecinos han pegado a la mascota, o les han envenenado el gato. Y eso sí que no.

Ahora la duda que tengo es si prefiero dársela a alguien donde la pueda ver a menudo, o mejor no volverla a ver y tratar de olvidarme de ella. En fin. De momento, la gata corretea alegre por el salón y/o baño.

Cambiemos de tema. Prometí hace tiempo contaros mi visita (de momento la única) al psicólogo. Pues bien, resultó ser una mujer. No sé si es que se lo enseñan en la universidad o es que me recordaba a mi profesora de primaria, pero supo hacer que me abrise en canal (no literalmente) y le contase toda mi vida y lo que me había sucedido este verano y que me llavaba a ella. Y porque me cortaba, que yo ya estaba pensando contarle toda mi vida.

El caso es que con pocas preguntas, al estilo pitonisa, ya sabía cosas sobre mi. Me dijo que tengo una personalidad obsesiva, lo que me sonó bastante mal. Pero ella me tranquilizó diciéndome que eso era un chollo, porque me gustaba controlar las cosas para que saliesen bien, que no me conformaba con poco, que tendría buen trabajo porque eso se aprecia mucho… vamos, tan bien me lo pintó que empezó a darme pena la gente con personalidades no-obsesivas.

El caso es que la gente así tenemos miedo a los cambios. No nos gustan. Así que su terapia era que introdujese gradualmenet cambios en mi vida: cambio de look, de estilo de vestir, de camino a la universidad, de hobbies… y poco a poco me iría encontrando mejor. No me dio más citas porque como ya no tomaba medicación, me encontraba un poco mejor y no quería perder clase, no era necesario. Pero tengo su número por si acaso, lo que me tranquiliza. La cosa es que salí de allí mucho mejor, alabando a los psicólogos del mundo entero.

Y estos días me sigo aburriendo en clase, gracias a la colaboración de tres profesores que tengo los martes y miércoles. Son los tres tipos de personas que provocan somnolencia. Deberían llevar un cartel indicándolo.

Uno de ellos, al que llamaremos el Argentino (motivos geográficos), es un hombre que invirtió todos sus ahorros en un diccionario de sinónimos y parece dispuesto a amortizar hasta el último céntimo. Por lo tanto, cada frase es eterna. Sabemos que quedan veinte minutos de clase cuando dice la frase mágica “y con esto termino”. Pero si tradujésemos todo lo que dice en las dos horas de clase a lenguaje simple, cabría en un post-it.

Para compensar, también tenemos al Anodino. Es un hombre al que, entre frase y frase, podríamos meter un discurso de Castro. A veces pensamos que se ha bloqueado, o le ha dado un flús. Pero no sólo hace silencios eternos entre frases, también entre palabras. Otro cuyas dos horas caben en la parte de atrás de un sello.

Y por último, el profesor de Documental. Este no es aburrido de por sí (bueno, cuando se pone a hablar de sus cosas de historia un poco sí), pero es que tenemos su clase después de comer, de cuatro a ocho los miércoles. Y yo sin tomar café. Sopinstant, como os podéis imaginar, en cuanto apagó la luz y nos puso un documental en blanco y negro.

Y es que lo que nos pone en clase también se las trae. El otro día nos puso un documental de los años 30 sobre Las Hurdes, el pueblo más gafe de España. No les salía nada bien. Que si se iban a buscar trabajo, pues volvían sin nada. Que cultivaban un campo, el río se desbordaba y lo perdían todo, o se els secaba porque la tierra era mala. Que tenían un cerdo y lo mataban, a los tres días se quedaban sin carne. Que tenían fruta, no la podían comer porque era venenosa.

En fin, si no fuera porque hay momentos en los que soy realmente feliz, no sé que estaría siendo de mi ahora. Supongo que me habría vuelto (un poco más) loco. Y perraco. Aunque eso, ya…

2 thoughts on “Otro post para contar mi vida”

  1. Qué mal se pasa cuando estás en clase en plan “me duermo” y tienes al profesor súper pendiente de ti… Solución: tómate un café… en la cafetería! jeje

  2. Ey, que lo del Anodino tiene copyright! XD
    Con lo de la gata, yo preferiría dársela a alguien que vas a ver a menudo, que es una pena despegarse de las mascotas en ese tipo de situaciones…

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