Por una República para los ciudadanos

Me considero una persona republicana. Y no entiendo por qué en ocasiones es un tabú decirlo. Cada vez, menos, es cierto, pero en España tenemos un respeto medieval al rey. Los grandes medios pueden defender una u otra postura política o social, pero parece simplemente cuestionar la forma de Estado lleva a una guerra civil.

El problema no es que cacen elefantes

Sin embargo, soy crítico con la manera en que existe el republicanismo en este país. Me dio lástima ir a la manifestación del pasado 14 de abril y ver tantos lemas en contra de la familia real porque “son unos vagos, corruptos, roban, cazan elefantes…”. Para mí, ese no es el problema. Por supuesto creo que si cualquier persona de esta familia roba debe ser juzgado en igualdad de condiciones. Pero no creo que ser partidario de la república porque en este momento el rey está bajo de popularidad sea positivo. Yo me consideraría republicano aunque el rey fuese un dechado de virtudes, ecologista, simpático, solidario y hablase todos los idiomas cooficiales del país del que es jefe de Estado.

Y es que creo que ser republicano es mucho más que te caiga mal Juan Carlos de Borbón, o querer cambiar el rey por un presidente. Si la llegada de la república, que creo que se va a producir en los próximos años, se queda en eso, conmigo que no cuenten. Una república debería partir del convencimiento de que en una sociedad democrática el ciudadano debe ser el protagonista, y eso se debe reflejar en poder elegir (y enviar a su casa cuando creamos que ya no lo hace bien) a la máxima autoridad del Estado. Pero también en muchísimas otras cosas aún más importantes.

¿Aznar presidente? ¿y qué?

Tampoco creo que sea una cuestión de ideología. Y eso deberíamos tenerlo bien claro: España no va a ser una república hasta que la inmensa mayoría de los ciudadanos lo quieran, personas de derechas incluidas. Y a raíz de esto, no puedo dejar de protestar por uno de los argumentos que más lástima se dan cuando se discute sobre monarquía o república: “¿Te imaginas a Aznar de presidente de la república? Para eso prefiero que siga el rey”. Me parece un argumento muy poco democrático. Sin duda, Aznar es una de mis personas menos favoritas del universo, pero si los españoles le eligieran para ser jefe de Estado, ¿dónde está el problema? ¿no consiste en eso la democracia? Un Aznar presidente de la república (no termino de entender por qué siempre sale él como ejemplo) sería muchísimo más democrático que un jefe de Estado que no hemos elegido, y al que lo más próximo a votarle que hemos podido hacer fue en el referéndum de la Constitución de 1978: es decir, todos los nacidos después de los 50 no tuvimos la oportunidad de que se nos escuchase.

Una República para los ciudadanos

Como decía al principio, que España sea una república debe ser mucho más que quitar al rey y poner a un presidente. Si así fuera, no habríamos avanzado (casi) nada. Cambiar nuestro sistema debe ser una oportunidad para repensar el país. Y creo que la idea fuerza en torno a la que deberíamos girar es que el ciudadano sea el centro de todo. No es un simple lema: es un valor fundamental que debe expresarse en todos los ámbitos.

Una sociedad en la que los ciudadanos elijan cómo se les gobierna: Partiendo de la base de que la sociedad gira en torno al ciudadano, este debe poder elegir quién le gobierna y cómo: por supuesto, elegir a los gobernantes (incluyendo al jefe de Estado), ser consultado directamente en las grandes reformas (por ejemplo, las constitucionales), recibir explicaciones claras de sus políticos y poder someterles a control aunque tengan mayoría absoluta, y castigarles (social, legalmente) si mienten.

Una transparencia pública sin letra pequeña. Que las Administraciones estén al servicio de los ciudadanos. Y esto pasa por repensar todos los procesos, por ejemplo, los burocráticos, para hacerlos más fáciles y accesibles a todos.

Igualdad de oportunidades plena entre todos los ciudadanos, con los mecanismos que sean necesarios para ello. Eliminar privilegios legales o sociales y vestigios de ellos: ¿por qué la jefatura del Estado solo la puede ejercer una determinada familia, e incluso dentro de esta, sus hijos varones con preferencia? ¿por qué existe una figura tan arbitraria como el indulto en la que el Gobierno hace excepciones con la ley? ¿qué sentido tienen hoy en día los títulos nobiliarios?

Independencia del Estado de cualquier confesión religiosa, e inexistencia de privilegios para ninguna de ellas. Un ciudadano que practique una confesión religiosa no debería tener más ni menos derechos, oportunidades o carga impositiva que otro. Igual para las propias organizaciones.

Que el funcionamiento de los partidos políticos fuese realmente democrático, basado en las ideas y los méritos y no en la fidelidad o los favores prestados.

Que la justicia sea de verdad igual para todos, y que nadie se quede excluido de la misma por ser quién es o por no poder pagarla.

Que la gente pudiera expresar sus ideas o protestar contra decisiones gubernamentales sin miedo a represalias o incluso palizas por parte de las fuerzas de seguridad.

Contar con unos medios de comunicación libres, que no dependa de los favores del poder, ya sean públicos o privados. Recibir una información veraz.

El interés ciudadano debe estar por delante de los intereses de empresas privadas, especialmente en temas fundamentales para la vida de los ciudadanos como la educación, la vivienda y la sanidad.

El respeto a la igualdad y acceso a los derechos civiles debería ser un tema fundamental que no estuviera sujeto a las peleas políticas de turno.

En resumen: una nueva sociedad en la que el respeto a los ciudadanos se expresase en todas las facetas de la vida pública. Desde la persona más humilde hasta el jefe del Estado, todos deben tener las mismas oportunidades y derechos. Leído todo lo anterior puede parecer una utopía, pero son cuestiones básicas para una democracia. He huido de populismos como “bajar el sueldo a los políticos y encarcelar a los banqueros” porque creo que de lo que se trata es de crear unas nuevas reglas del juego. Lo que pasa es que estamos demasiado acostumbrados a que nos falten al respeto.

Y con todo esto en mente… lo de menos es si la bandera es la tricolor, la roja y amarilla o una nueva.

Mi padre

Mi padre nació en Madrid y su familia es de Córdoba, pero siente un amor hacia Zaragoza, hacia ese equipo de fútbol y hacia la Virgen del Pilar que no es normal para un no maño. Recuerdo que de pequeños nos llevó una vez allá y yo no entendía nada, pero siempre he oído hablar de Zaragoza en mi casa y siempre le ha acompañado una figurita de la pilarica.

Mi padre es tan desordenado como yo, lo cual me viene estupendamente como excusa genética. Su mesa en la tienda que regentó durante 30 años solo era comparable a mi escritorio en casa. En la tienda, mi padre era capaz de saber cuánto valían todos y cada uno de los artículos del local, aunque no llevase precio indicado, y qué código había que marcar en la máquina registradora para venderlo. Mi padre es la primera persona a la que oí hablar de teléfonos móviles y de DVDs.

Mi padre es la persona más manitas que conozco, y desgraciadamente en este caso no se me ha pegado nada a mí. Mi padre grababa los programas de Bricomanía y se metía con Íñigo, el de las plantas, porque decía que no lo hacía bien. Tiene lo que los anglosajones llaman dedos verdes: puede plantar un palo en una maceta y conseguir que florezca. A mi padre le habría gustado ser albañil, o electricista, o jardinero, o carpintero. Todo ello lo ha hecho siempre en casa, arreglándola en plazos de domingo a domingo cuando la tienda no le secuestraba con papeleos o inventarios. Mi padre fue quien arregló el piso en el que estoy viviendo, desde instalar la electricidad hasta colocar las puertas o montar armarios suecos.

Mi padre es una de las personas en el mundo que más quiere a mi madre. Nunca les he visto pelearse, y sí aguantarse con paciencia el uno al otro. A mi padre no le gustan especialmente los médicos, y siempre tiene que ser ella quien le haga ir a revisiones. Hace un par de años, en una de ellas nos dieron esa mala noticia que es el cáncer de pulmón. Unos meses malos y un montón de palabras nuevas después como mediastinoscopia, radioterapia o mestástasis, mi padre vuelve a estar sano. Y ya no me siento culpable de haber estado todos esos meses tranquilo con la confianza de que todo iba a salir bien.

Mi padre es Scout, una afición que yo tampoco he heredado, y tararea permanentemente por lo bajo una melodía que nunca he sabido identificar. Siempre está dispuesto a echar una mano, tanto si es para llevarnos a un sitio a horas intempestivas como si es para arreglar una avería a una vecina o instalar una televisión en casa de un cliente por la noche.

Mi padre es abuelo y ejerce como tal, guardando en carpetas del ordenador las fotos de sus nietos clasificadas por fecha, en un escritorio con una gran foto de los tres.

Qué queréis que os diga. Es mi padre. Él y mi madre se merecen todo lo que yo supiera escribir sobre ellos.

Se llama Matrimonio (y sí, es constitucional)

Llevo toda la tarde emocionado, nervioso, como los niños el día que venían los Reyes Magos. Posiblemente vaya a escribir esto a tropezones, con poca coherencia, pero quería compartir la alegría con todos. Hoy, el Tribunal Constitucional ha desestimado un recurso vergonzoso, el que uno de los principales partidos políticos del país puso contra la igualdad de derechos de todos los ciudadanos.

Decían que el matrimonio igualitario (no me gusta llamarlo matrimonio gay, porque no tengo un trabajo gay ni pago impuestos gay) iba a destruir la familia, sin darse cuenta de que lo que queremos es crear nuevas familias. Decían que la palabra matrimonio en el diccionario estaba descrita como una unión de hombre y mujer, sin pensar en que el diccionario refleja la realidad pero no la modela. Decían que pervertíamos la palabra, ignorando el derecho romano y algo tan básico como que las palabras evolucionan y ya nadie cobra su salario en sal. Que nos buscásemos otra palabra, cuando precisamente queríamos la misma palabra, porque no queremos ser diferentes. Queremos exactamente lo mismo, ni más, ni tampoco menos.

Los más jóvenes lo hemos visto como algo muy fácil, pero la lucha ha sido dura. Durante décadas aquellos que amaban de forma diferente a la mayoría tenían que esconderse, que disimular, e incluso desperdiciar una vida solo porque los demás no querían comprenderlo. En este país, hasta hace pocas décadas, se ha metido en la cárcel a alguien por besar a un hombre. Se les han sometido a electroshocks, a terapias de reeducación. Han tenido que soportar insultos sin poder defenderse, porque “hay que respetar a los demás”.

En este país aún hoy la homosexualidad es un tabú en muchos ámbitos. Y no hablo solo de los jugadores de fútbol o los ministros. Hablar a un niño de una pareja que se quiere y tiene hijos es lo más normal del mundo, pero si esa pareja es del mismo sexo no estás describiendo una realidad al niño, le estás adoctrinando.

Es hoy momento de recordar a todos los que lucharon porque llegara este momento. A los colectivos LGTB, a los activistas que protestaron en los juzgados por no poder casarse con su pareja, a los partidos que lo incorporaron en su programa a lo largo de los años 90, a los diputados que finalmente votaron la ley en 2005. A Celia Villalobos, que será lo que sea, pero se saltó la disciplina de voto del PP y votó a favor.

También recordamos al PP y a Unió Democrática de Catalunya (la U de CiU), que algún día, tal vez hoy, tratarán de borrar de la memoria colectiva el sentido de su voto aquel día. Un voto tan vergonzoso como quienes se oponían a que los negros utilizaran los mismos asientos del autobús y baños que los blancos, o a que las mujeres votasen. Recordamos a Aquilino Polaino, el experto invitado por el PP al Parlamento que dijo que los homosexuales éramos unos enfermos. A tantos y tantos obispos y curas que se han permitido insultarnos olvidando que sus opiniones deberían afectar solo a quienes forman parte de su club privado. A todos los que acudieron a las manifestaciones de la vergüenza y que espero que algún día quieran olvidar.

Hace ahora un año, unos amigos y yo creamos una campaña llamada Se llama Matrimonio. El objetivo era que todos los partidos que se presentasen a las elecciones de 2011 se comprometiesen a mantener este derecho sin cambios. No lo conseguimos: el PP no se comprometió a nada. Tenían que pensárselo, nos decían. Hoy sabemos que el matrimonio de todas las parejas, gays y heteros, es constitucional. El Gobierno ha afirmado que no cambiará la ley. Lo hemos conseguido. Todos.

Hoy, algunos familiares y amigos me han felicitado por mis derechos. Pero la felicitación es para todos, porque desde hoy vivimos en un país mucho más decente de ayer. Un país en el que todos tenemos los mismos derechos, ahora sí, sin recursos, sin pegas. Un país del que, en este sentido, nos podemos sentir orgullosos.

Está claro. Se llama Matrimonio. Y es constitucional.

Pruebas de estrés para personas

¿Os acordáis de las pruebas de estrés que se pusieron de moda hace tiempo para los bancos y cajas? Se trataba de simular las peores condiciones para ver cómo reaccionaban.

A veces creo que las personas necesitaríamos algo así. Una prueba donde demostrásemos cómo somos en realidad. Porque fingir en el día a día es muy fácil, pero cuando nos enfrentamos a lo inesperado es cuando sale nuestro verdadero yo.

Hace tiempo, una productora de estas modernillas respondió con un email muy borde y prepotente a un chico que les escribió pidiendo trabajo. No solo eso, sino que se permitieron el lujo de humillarle públicamente colgando ambos mensajes en su blog. Después, cuando la cosa se extendió (o precisamente porque la cosa se extendió) se disculparon.

Está claro que no deberían juzgar a alguien solo por un ataque de furia, pero tampoco nos llevamos una imagen realista cuando le juzgamos en su mejor momento y nadie dice nada. Yo creo que los momentos espontáneos son los que mejor te describen, más que los encorsetados.

Por ejemplo, el respeto. Que trates con respeto a un posible cliente o a alguien a quien quieres impresionar o pedir un favor es lógico y evidente. Pero lo que te define es cómo trates a tu subordinado, a tu proveedor, al camarero que te atiende. Cómo te comportas con los demás los días que no estás de humor, porque todos sabemos que cuando quieras conseguir algo o estés excepcionalmente contento serás un encanto.

De la misma manera, lo que mejor define a un partido no es lo que se ve obligado a hacer por presión popular o por pactos con otras formaciones, sino lo que hace cuando tiene mayoría absoluta y solo depende de sí mismo.

Tal vez harían falta estas pruebas de estrés para conocer cómo es la gente en realidad.

Los dos catálogos de Ikea en España

En España, Ikea está presente a través de dos empresas. Una para las islas Baleares y Canarias y otra para la península. Son empresas absolutamente independientes, de modo que cada una tiene sus campañas de publicidad, sus propios precios y promociones… y sus catálogos de Ikea.

Y aquí está la curiosidad: debido a esta organización empresarial, en España existen dos catálogos de Ikea diferentes. Claro que cada uno de nosotros solo conocemos el de nuestra zona (península o islas), pero a través de internet se pueden descargar en PDF y comparar. Es interesante porque el catálogo es una pieza muy similar para todos los países, que prácticamente solo se envía a los Ikea locales para que lo traduzcan y adapten los textos.

Como vemos, hay cierta libertad incluso para el lema de portada. Por lo que he podido comprobar (además estas vacaciones conseguí el catálogo de Portugal), Ikea Islas hace un trabajo más de traducción, mientras que Ikea Península adapta bastante los textos, y en mi opinión, consigue un estilo más cercano y agradable.

Algunos ejemplos:
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Mi experiencia con Triodos Bank

Llevaba tiempo queriendo dedicarle un artículo a Triodos Bank y siempre se me pasaba, hasta que este domingo vi que en Twitter comenzaba a hablarse de este banco porque Jordi Évole lo nombraba en Salvados. Así que me quito la pereza de en medio y os cuento qué es y cómo funciona Triodos Bank, un banco con el que ya os adelanto que estoy muy satisfecho.

Para empezar hay que dejar claro que Triodos es un banco, no una ONG ni una fundación ni nada de eso. Es un banco en el que tú ingresas dinero, lo sacas, lo gestionas, etcétera. La diferencia es que Triodos es lo que se denomina un banco ético: los bancos hacen dinero prestando tus ahorros a otra gente, de esta forma te paga intereses a ti y se los cobra a ellos. La diferencia es que a los bancos tradicionales les da igual para qué lo use la gente a la que se lo prestan. Así te puedes encontrar con que tu banco o caja financia empresas de armamento nuclear, armas, destructoras de la naturaleza…

Triodos, por su parte, solo invierte en proyectos de economía real (es decir, no especulación financiera, no ladrillazo) que sean sostenibles y buenos para la sociedad. De hecho, en su web tenemos un apartado en el que te explican sus inversiones: empresas de bicicletas, bioingeniería, cooperación al desarrollo, agricultura ecológica, reciclaje…

Como decía, Triodos es un banco, y lo que hace no es obra social ni donativos. Son préstamos a proyectos rentables, pero poniendo un filtro de ética. Algunas veces cuando hablas de Triodos alguien te sale con que financian tal o cual proyecto horrible en otro sitio. Sinceramente, no sé si es verdad ni si apoyo el 100% de las inversiones que hacen, pero desde luego, la mayoría me parecen bastante buenas y apenas hay otra entidad financiera que las elija por su comportamiento ético y  te cuente en qué usa tu dinero.

Triodos en el día a día

Visto en qué se basa la filosofía Triodos, veamos cómo funciona como banco para el día a día. Triodos es un banco tradicional: es decir, puedes tener tu nómina, tus recibos y tus ahorros. Lo normal al darse de alta es abrir dos cuentas: una cuenta nómina para que te paguen el sueldo en ella y manejar los gastos cotidianos; y una cuenta de ahorro, que te da algo más de rentabilidad, para ir ahorrando.

La rentabilidad que dan, aunque no es la de otros bancos online, no está nada mal. La cuenta de ahorro te da un 1,10% de interés, mientras que la cuenta corriente tiene un 0,10% (esto no está nada mal, en muchos otros sitios la cuenta nómina no da intereses). También tiene depósitos a plazo fijo por si no vas a utilizar tus ahorros en un tiempo y quieres invertirlos en algo seguro. Además, te permite donar parte de los intereses que ganes a la ONG que elijas, si tú quieres.

Las cuentas no tienen comisiones: ni de apertura, ni de mantenimiento ni de nada. Lo que sí tienen coste son las transferencias (1 euro cada una), pero cada mes las cinco primeras que hagas son gratis, así que yo jamás he pagado por una.

Triodos ofrece también una tarjeta de débito. Parte mala: cuesta 18 euros al año (algo más de 1 euro al mes). Pero yo creo que compensa por sus ventajas: te permite sacar gratis de cualquier cajero ServiRed (la red más amplia: Bankia, La Caixa, BBVA, Bankinter… y la única que da billetes de 10 euros) y te envía un SMS gratis al móvil cada vez que se hace una compra con ella, sea del importe que sea, lo que a mí personalmente me da mucha seguridad. Además es biodegradable, lo cual no es una ventaja inmediata pero te da tema de conversación.

Todo se puede gestionar a través de teléfono o internet, en una página web que no está nada mal. Triodos suele tener una oficina en las principales ciudades (en Madrid está en la calle Ferraz) pero yo no necesité pisarla, tras dos años como cliente, hasta hace un par de semanas que fui a cobrar un cheque. La parte buena es que abren hasta las 17:30, lo cual para un banco ya es mucho pedir. Pero si te das de alta por internet te mandan los papeles a casa, los firmas y se los devuelves. Ningún problema.

¿Es seguro Triodos?

Es muy difícil decir eso en plena crisis y por parte de alguien que no es experto en economía, pero mi opinión es que sí. Al invertir solo en economía real y sostenible no tiene tantísimo ladrillo dentro como el que ha provocado el rescate de nuestra banca. Además, ya sabes que el dinero que tengas en el banco hasta 100.000 euros está garantizado por el Fondo de Garantía de Depósitos (en el caso de Triodos, el holandés, pero también garantiza esa cantidad). Además la sucursal española está bajo la supervisión del Banco de España. Yo diría que es tan seguro como cualquier otro banco ahora mismo, o más.

Triodos no lleva muchos años en nuestro país, pero opera en Europa desde hace más de 30 años. Yo llevo un par de años con ellos y estoy muy satisfecho. Mi forma de verlo es que si nosotros tenemos unos valores y no invertiríamos en determinadas cosas, no tiene sentido que nuestro banco o caja utilice nuestros ahorros para apoyar negocios sucios.

Así se cobraba con tarjeta de crédito en los 80

¿Alguna vez te has preguntado por qué las tarjetas de crédito llevan el número y el nombre del titular en relieve? Es cierto que ya hay muchas que no, pero en su día era un requisito indispensable. Y es que aunque los nacidos a fines de los 80 no lo hemos llegado a conocer, hubo una época en la que cobrar con tarjeta no se parecía en nada a lo que se hace hoy.

Mis padres están cerrando una tienda de electrodomésticos que abrieron en los 80, y allí he encontrado esta reliquia que os enseño hoy: la bacaladera.

Cuando en los 80 alguien quería pagar con tarjeta de crédito, el proceso era el siguiente. En primer lugar, se le pedía la tarjeta y se comprobaba que no fuese robada. ¿Cómo? Con el Boletín de Tarjetas Anuladas, una publicación en la que se recogían todos los números de serie de tarjetas dadas de baja, extraviadas y robadas. Si la tarjeta aparecía en el boletín, el comerciante debía quedársela y avisar de ello al Centro de Autorizaciones, que le recompensaría con 10.000 pesetas.

También era necesario llamar a este Centro si el cliente quería hacer una compra superior a 10.000 pesetas (el “límite de consulta”), o si -tal y como recomienda el propio boletín- el cliente no tenía identificación, era demasiado joven como para hacer un gasto muy grande o su comportamiento era sospechoso.

Si todo estaba en orden, la tarjeta se colocaba en el lugar indicado de la máquina (para la foto yo he colocado una mía, la única que tengo con números en relieve). Encima se ponía un formulario donde se apuntaba todo lo que el cliente había comprado y el importe total.

Y con todo ello ajustado, se movía el rodillo (la pieza azul) de izquierda a derecha, haciendo que el número de tarjeta y los datos del titular y del comercio quedasen grabados gracias a la magia del papel carbón en las tres copias del recibo: una para el cliente, otra para el banco y otra para el establecimiento.

Obviamente, en esa época de comunicaciones prehistóricas, el cargo no constaba al banco hasta el día siguiente, cuando el honrado comerciante se acercaba a su sucursal a llevar todos los recibos del día anterior.

Por lo tanto, cuando hoy en día nos parezca lento el proceso de pagar con tarjeta (introducirla en el terminal, esperar el OK del banco y en ocasiones introducir el PIN) podemos consolarnos pensando que hace 30 años era mucho más pesado para vendedor y cliente.

Los subnormales

Hubo una época en la que las personas con discapacidad o enfermedades metales recibían el nombre de subnormales. No era un insulto, era como se les llamaba en la calle, en las leyes, en las propias asociaciones de familiares y en los medios. Pero no deja de sorprendernos hoy en día.

Estos son recortes de una revista madrileña, Cisneros, de principios de los años 80, en un reportaje sobre “Subnormalidad en la provincia” (sic). Las fotografías (que he editado) mostraban a los niños completamente desnudos. Como animales.

Sin embargo, el reportaje es un valiosísimo documento para saber con qué recursos se contaba entonces y qué se sabía de estos temas. Haciendo clic en las imágenes podrás leer mejor los textos:

Hoy 21 de marzo es el día mundial del Síndrome de Down.

Veinticinco cosas que he hecho en mis veinticinco primeros años

– He escrito sobre telefonía móvil en cinco blogs diferentes.
– He sido víctima de una broma de cámara oculta.
– He preguntado a un exministro del PP cara a cara sobre el matrimonio igualitario.
– He estado en el Diario de Patricia.
– He aparecido disfrazado de momia y superhéroe en televisión.
– He montado un mueble de Ikea sin mirar las instrucciones.
– He discutido a voz en grito sobre religión y homosexualidad en la Puerta del Sol con una integrista.
– He repartido planos de metro en la puerta de un intercambiador.
– He formado parte de un partido político.
– He diseñado un logo para una candidata política.
– He trabajado en un operador de telefonía móvil.
– He recogido un premio de un concejal del Ayuntamiento de Madrid.
– He escrito un libro de decoración.
– He participado en el corte de una calle como protesta… en el momento en que pasaba un coche de la policía.
– He estado en la redacción de un diario desaparecido.
– He presentado mi dimisión a un jefe delante de todos mis compañeros al enterarme de que me había insultado.
– He caminado tranquilamente cruzando por la calzada de la A-3.
– He posado en la foto de boda de dos desconocidos.
– He participado en un debate televisivo.
– He recitado un monólogo cómico ante Javier Veiga y un grupo de gente.
– He presenciado el rodaje de un anuncio de televisión.
– He trabajado en tres cadenas de hipermercados distintas haciendo la misma función.
– He presenciado cómo el director de ventas de mi empresa daba un tartazo al CEO.
– He visto un episodio de “Padre de Familia” en clase.
– He organizado catas de leche en un centro comercial.