Una semana de verano

En casa de mi abuela, que es un bloque con 11 pisos, hay dos ascensores. Uno para en los pisos pares, y otro en los impares. Se hace raro entrar en la cabina (nunca mejor dicho, porque es enana) y sólo ver botones con 2, 4, 6, 8, 10… en el otro ascensor seguramente haya botones con el 1, 3, 5, 7… pero mi abuela vive en un cuarto y no lo he comprobado nunca. Frente a esta situación, se me han ocurrido dos cosas:

  1. Que seguramente es algo que tenga una metáfora preciosa para un artículo de opinión o sobre nuestros sentimientos más profundos, pero a mí no se me ocurre, así que ahí lo dejo para el que la pille.
  2. Que es una chorrada como un piano tener dos ascensores que paren en diferentes pisos. La excusa que me daban hace tiempo es que así cada uno se usa la mitad, y en el peor de los casos, si se estropea uno, subes con el otro a un piso encima del tuyo y bajas sólo un tramo de escaleras. Pero no es verdad: habiendo dos ascensores, a fuerza de estadística cada uno será utilizado la mitad igualmente. Y además, este sistema no te deja ir a visitar cómodamente a vecinos de un piso impar si vives en uno par, o viceversa. O te toca bajar a pata, o hacer un transbordo (en Madrid, “cambio de ascensor”) en el portal.

Tengo más cosas que contaros. Estos días voy a todas partes acompañado de un bicho electrónico, un localizador GPS que no es más que una maquinita del tamaño de un móvil sin botones ni nada. Mi única misión es llevarlo siempre encima: un estudio de movilidad en el que participo. Una cosa bastante surrealista, pero en fin. Me han dado una tarjetilla regalo de 12 euros, a cambio de llevar el chisme encima y cargarlo por las noches. En el fondo es como un hamster perezoso, que nunca sabes si está vivo o muerto.


El otro día salí con unos amigos de noche y me lo pasé bastante bien. Hacía tiempo que no salía, y puede que fuese el alcohol, pero estuvo divertido. Tengo que volver. Acabamos la noche arrancando una pegatina a un contenedor (ahora su dueño no lo reconocerá, estoy sinceramente arrepentido) y aplaudiendo a un autobús que pasó por allí. Luego la cama me daba vueltas a una velocidad bastante alta, pero esa es otra historia 😛

Además, estoy más animado. He descubierto el Retiro, la feria de Moyano, quiero ir a la C-9 y a la Casa de Campo, cosas así. Y emigrar al norte antes de que acabe el verano, como los patos.

Además, en menos de una semana me he cruzado (no de cruzar por la calle, sino de charlar y tal) con dos chicos que entraban absolutamente en mi tipo ideal (algún día lo describiré aquí, es bastante extraño). Los dos heteros, eso sí, pero por alegrarse la vista tampoco pasa nada (dí que no, que me da mucha rabia ver chicos que me molan fuera de mi alcance, pero queda bien decirlo). Luego al final acabo liándome (¿liarse? ¿qué es eso? yo soy virgen y puro) con otros que no son de ese tipo, pero en fin. Si querían coherencia visiten otro blog, ¡hombre ya!.

2 thoughts on “Una semana de verano”

  1. Las librerias de la Cuesta de Moyanos son… son… No encuentro la plabra, pero a mí me encantan. Hace poco me llevé una edición de Rimas y Leyendas de Bécquer por 3€ y que venía con dedicatoria y pétalos de rosa en alunas páginas al inicio de las leyendas…

    Y en cuanto al Retiro, a parte de que puedes pasar una semana entera ahí y no llegar a conocerlo todo, me encanta por la diversidad de gente, la tranquilidad de pdoer hacer cosas extrañas sin que te mire nadie raro (vease cosas extrañas: pintar, tocar algún instrumento, revolcarte por el suelo peleándote con tus amigos, y en mi caso, practicar malabares )

    Y porqué no decirlo, es muy fácil alegrarse la vista, para todo el mundo.

    Un saludo

  2. Holaa !!
    Una preguntita, es que leí hace un tiempo que tenías lo del plan avanza (eso que te da un dominio gratis durante el primer año). Yo también lo tengo, pero me gustaría saber como has hecho para redireccionar esa dirección a tu blog.

    Un saludo

    cris.

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