Categoría: Hemerotequeando

  • Cuando los autores de Zipi y Zape y Mortadelo tuvieron que plagiarse a sí mismos

    Cuando los autores de Zipi y Zape y Mortadelo tuvieron que plagiarse a sí mismos

    La editorial Bruguera fue toda una institución del tebeo español en los 60 y 70, pero a mediados de los 80 las cosas le iban muy mal en ventas. Las suspensiones de pagos se sucedían, y algunos colaboradores llevaban meses sin cobrar.

    Hartos de esta situación, y sabiendo que la editorial estaba a punto de cerrar, algunos de sus principales dibujantes como Escobar (autor de Zipi y Zape) o Ibáñez (Mortadelo y Filemón, 13 Rúe del Percebe) se fueron hacia otra editorial: Grijalbo, para una nueva revista semanal de tebeos, Guai, cuya directora Anna Mª Palé también venía de Bruguera.

    Sin embargo, había un problema: los contratos que firmaban los dibujantes con Bruguera incluían algunas cláusulas que podríamos considerar abusivas. Entre ellas, tenían que aceptar que los personajes que habían creado eran propiedad de la editorial y no suyos, que supuestamente solo tenían el derecho de dibujarlos. Es decir, que no se los podían llevar. Y aún peor: Bruguera podía seguir publicando historietas antiguas y a crear historietas nuevas con otros equipos. De modo que lo que estos dibujantes publicaron en Guai eran básicamente nuevas historietas de sus personajes… pero con pequeños cambios de nombre y aspecto.

    Así, por ejemplo, Escobar convirtió a Zipi y Zape en Terre & Moto, y ahora en vez de ser rubio y moreno eran moreno y pelirrojo. Todos los personajes secundarios sufrían también cambios: los padres Pantuflo y Jaimita pasaban a ser Pepito y Eduarda (ahora ella gorda y él delgado). El profesor Don Minervo se llamaba Don Socratín, y el pelota de la clase Peloto ahora era Cepillón.

    Viñeta ganadora del Oscar a la mejor excusa para cambiar el nombre a un personaje porque sí

    Parece que en un principio Escobar no tenía muy claro cómo eran sus propios personajes: en las primeras historietas Terre se llama Terry (hasta que al cabo de unos números piden al duende de la imprenta que le cambie de nombre) y aunque se supone que no son gemelos, van a la misma clase.

    Ibáñez tampoco podía seguir publicando sus series más populares, y también tuvo que desarrollar el ingenio para ofrecer su humor. El edificio de 13 Rúe del Percebe se había quedado en Burguera, así que en la revista Guai podíamos conocer las historias del 7 Rebolling Street.

    En los 80 había más suelo urbanizable, así que el sustituto de 13 Rúe del Percebe ocupaba dos páginas

    El esquema era muy similar (un edificio abierto con un chiste en cada casa) pero la principal novedad es que ahora ocupaba dos páginas y además de los vecinos que ya conocíamos (la mujer que alquila habitaciones, la abuela que colecciona animales, el inquilino de la alcantarilla, la portera, el ladrón…) había nuevos personajes: un banco y sus empleados, un bar, un grupo hippie-ecologista, un deportista bastante torpe, un médico…

    Y ya que no podía publicar Mortadelo y Filemón, Ibáñez creó otra serie para esta revista: Chicha, Tato y Clodoveo (de profesión, sin empleo), la historia de tres jóvenes ni-nis que se conocen en la cola del paro (es la crisis de los 80) y se meten en todo tipo de líos. Eran los personajes estrella de la revista, en sustitución de Mortadelo y Filemón.

    Aunque no se trata de un calco tan descarado como los anteriores casos, sí que hay muchos parecidos: Clodoveo se disfraza de cualquier cosa instantáneamente (como Mortadelo), mientras que Tato es bajito y cegato como Rompetechos.

    Ibáñez aprovechó estas historietas para protestar sutilmente por haber perdido los derechos de sus personajes, que seguían publicándose en las revistas de Bruguera con reediciones antiguas o con nuevas páginas dibujadas por otro equipo. No era extraño encontrarse con Mortadelo en la cola del paro o lavando cristales de coche en los semáforos, siempre en segundo plano.

    Finalmente, años después Ediciones B (heredera de los derechos de Bruguera) compró la revista Guai, e Ibáñez y Escobar llegaron un acuerdo con la editorial para recuperar los derechos sobre sus personajes. Y ahí acabó la historia de los personajes «sustitutos» que durante un tiempo permitieron a los lectores seguir disfrutando de las aventuras originales de Zipi y Zape o 13 Rúe del Percebe aunque fuese con otro aspecto.

    Para saber más: 13 Rúe Bruguera

  • Almanaques, los smartphones del siglo XIX

    Almanaques, los smartphones del siglo XIX

    Llevar toda la información que necesitamos en nuestro bolsillo es fácil hoy en día gracias a los smartphones y a internet. Cualquier dato se puede consultar en cuestión de segundos. Pero este ansia por tener toda la información siempre encima no es nuevo, y antiguamente se cubría con otros inventos.

    En las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, se pusieron muy de moda los almanaques,  libritos de pequeño tamaño de unas 200 páginas, ideales para llevar siempre encima, que se solían comprar a finales de año. En muchas ocasiones estos libritos estaban editados por revistas y en ellos se hacía un repaso al año que venía, acompañado de muchos otros contenidos y grabados.

    Un almanaque solía comenzar con un repaso a las principales fechas del año: cambios de estación, fiestas religiosas, ferias de pueblos, eclipses, fases de la luna… e incluso las campanadas que daban las iglesias en cada barrio:

    Almanaque de «El dios de la risa» (1878)

    Después comenzaba el calendario en sí, con una lista de los días de cada mes y los santos o fiestas que se celebran en ese día:

    «El almanaque rosa» de 1926

    Estos eran los puntos en común. Después, dependiendo del tono y el público al que estuviese dirigido cada almanaque, se incorporaban muchas otras secciones. Por ejemplo, el femenino Almanaque Rosa que se publicaba en los años 20 incluye novelas románticas, chistes gráficos, poemas…

    También había almanaques humorísticos, como el de El Dios de la Risa, que incluía textos satíricos, críticas hacia todo tipo de profesiones, caricaturas, poemas sobre la actualidad nacional…

    Incluso el Ministerio de Fomento editaba un almanaque agrícola, que incluía lecciones mes a mes sobre las labores a realizar en el campo con explicaciones en grabados, e incluso una sección de refranes y frases célebres:

    Almanaque de la Gaceta Agrícola para 1878

    Incluso había algunos para posibles lectores de La cabeza llena: el Año en la mano incluía noticias sobre inventos, artículos sobre historia, geografía, países, jefaturas de Estado, comercio, industria, biografías, exploraciones, arte,  relaciones internacionales, agricultura, ganadería, costumbres, literatura, así como otras curiosidades y conocimientos útiles.

    «El año en la mano», 1908

    En la edición de este almanaque para 1925 encontramos algunas curiosidades como estos avances en telefonía que venían de Suecia: información de la hora, contestador automático, servicio despertador…

    Incluso existió un Almanaque etimológico y poético en 1875, que explicaba el origen de cada nombre que celebrase su santo:

    Si te ha gustado este artículo, mira otra historia de principios del siglo XX: El balneario de aguas radiactivas de Madrid

  • El spa de agua radiactiva de Madrid

    El spa de agua radiactiva de Madrid

    Hoy en día la radiactividad es sinónimo de cosas horribles. Nadie querría tocar un objeto radiactivo ni respirar aire con radiactividad… pero a principios del siglo XX la cosa era muy diferente. El radio y la radiactividad habían sido descubiertos en 1900, y durante las primeras décadas del siglo todo el mundo vivía fascinado por lo que parecían ser los prodigiosos efectos de este nuevo superpoder:

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    El recorte que traemos es un anuncio de mayo de 1907, de una empresa llamada Sociedad Española del Radio y sus Aplicaciones, una de las muchas empresas que quisieron sacarle partido a esa nueva energía “sutil y vivificadora” recién descubierta.

    Esta Sociedad ofrecía la posibilidad de bañarse en aguas radiactivas de algunos manantiales como Panticosa, Urberuaga, Caldas o Aliseda. Estas son zonas graníticas donde es abundante el radón, un gas noble radiactivo que lógicamente se transmitía al agua. Y si por entonces ya se creía que las aguas termales de determinados lugares curaban enfermedades, si además estaban enriquecidas con la recién descubierta radiación, pues mucho mejor, que según cuenta el anuncio “hace más activos sus principios químicos”. Y no solo eso: el agua radiactiva se convierte en “el tónico por excelencia de los organismos quebrantados”. Una completa maravilla. Y si no querías desplazarte a su elegante y confortable establecimiento en la calle Infantas, ellos mismos te podían llevar la radiactividad a casa y darte los baños a la temperatura que prefirieses.

    Pero este tipo de spa radiactivo no era la única muestra de la fascinación de nuestros tatarabuelos con la radiactividad. Hasta las aguas minerales presumían de ser muy radiactivas y mucho radiactivas:

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    Pasarían aún algunas décadas hasta que los efectos de la radiactividad fuesen patentes, y por desgracia, mucha gente moriría hasta entonces, incluyendo a los propios descubridores del radio, el matrimonio de Marie y Pierre Curie.

    Imagen: teresasapey.com
    Imagen: teresasapey.com

    Hoy en día el local de la calle Infantas está ocupado por una moderna cafetería para hipsters, que posiblemente desconozcan que hace algo más de 100 años en ese mismo espacio la gente se bañaba, aposta, en agua radiactiva. ¿Qué sería de aquellas personas que creían estar remojándose en elixir curativo… cuando era más bien lo contrario?

    Y una última curiosidad del anuncio: en el letrero del local podemos ver que hablan de “Aguas Radio-azoadas”, aunque en el resto del anuncios e habla de “aguas radio-nitrogenadas”. Nuestro amigo el nitrógeno era conocido como azote o ázoe hasta principios del siglo XX. Este nombre fue acuñado por el químico Antoine Lavoisier, y significa “sin vida”, quizás en referencia a lo peligroso de respirarlo.

  • Beefcake: Las revistas de porno gay camufladas como deportivas

    Beefcake: Las revistas de porno gay camufladas como deportivas

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    Si alguna vez has pensado que las revistas masculinas sobre vida sana y deporte son bastante homoeróticas, no te falta razón. De hecho, durante décadas este tipo de publicaciones eran lo más parecido al porno que los gays podían ver.

    Las conocidas como revistas beefcake eran un tipo de publicaciones que se editaron en EEUU desde los años 30. En aquella época la censura permitía que las mujeres aparecieran desnudas (con el pretexto de que eran “fotografías artísticas”), pero no a los hombres. La excusa del deporte era la única manera de editar una revista para el colectivo gay. De esta manera, se camuflaban como revistas de fitness y cuidado personal porque era una manera de poder exhibir hombres semidesnudos con la excusa de mostrar los resultados del ejercicio en la modelación del cuerpo.

    "Os estaréis preguntando por mi rutina de ejercicio"
    «Os estaréis preguntando por mi rutina de ejercicio»

    La revista beefcake más famosa fue The Young Physique (“El Físico Joven”), que además de reportajes con modelos semidesnudos tenía un póster desplegable central con un atractivo joven en suspensorio, lo más cerca que se podía estar de sacar un desnudo masculino sin ir a la cárcel. Otras compañías como Athletic Model Guild editaban revistas como Physique Pictorial, además de películas en las que el argumento era lo de menos, con escenas de jóvenes musculados haciendo culturismo o lucha en pareja.

    Muchas de estas empresas se enfrentaron a multas y juicios por obscenidad. El fotógrafo Bob Mizer, fundador de AMG, pasó seis meses en la cárcel por distribuir por medio del servicio postal las fotos de hombres desnudos de sus sesiones. Sin embargo, a lo largo de los años 60 las prohibiciones de los desnudos frontales masculinos se fueron aboliendo. Esto permitió la aparición de nuevas revistas, ya abiertamente de porno gay, y el fin de la excusa de las revistas beefcake de promoción del ejercicio.

  • El día que ABC retrocedió 857 números de golpe

    El día que ABC retrocedió 857 números de golpe

    Como ya hemos visto, ABC de Madrid fue intervenido por las fuerzas republicanas durante la Guerra Civil. Durante los 30 meses en los que fue el Diario al servicio de la democracia o Diario republicano de izquierdas, se mantuvo la cabecera y la numeración. Sin embargo, al llegar Franco al poder y recuperar la familia Luca de Tena el control del diario, decidieron renegar de estos números rojos. Así lo explicaban:

    El día 19 de julio de 1936, ABC publicaba su número 10.344. Hoy, 29 de marzo de 1939, publica el siguiente. Esto quiere decir que cuanto se ha publicado en los 32 meses largos comprendidos entre esas dos fechas, no cuenta en nuestra colección. (…)

    Ni uno solo de nuestros lectores -los que nos han sido fieles a través de las grandes mudanzas que han sufrido instituciones y hombres- habrá caído en la repugnante estafa que ha representado la circulación de ese papel sangriento que quiso deshonrar nuestro nombre.

    Por lo tanto, el diario que apareció en las calles de Madrid el 28 de marzo, apenas un pliego de cuatro páginas en el que se daban los últimos ánimos a los combatientes republicanos y que llevó como número el 11.202, fue continuado al día siguiente por uno con la portada dedicada al Generalísimo Franco, y numerado 10.345.

    Por si eso no fuera poco, ABC también decidió limpiar su honor. El 21 de julio de 1936, ya ocupado, había publicado una portada con el gran ¡Viva la República!. Para resarcirse de este ABC robado, el 30 de marzo de 1939, el propio director firmaba en su portada unos cuantos vivas a Franco:

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